El valle de sombra y muerte

Hace unas semanas compartí el testimonio de por qué mi esposo y yo no tenemos hijos. Te dejo aquí el enlace por si quieres leerlo.

En esta ocasión, nuevamente a corazón abierto, quisiera contarte, por primera vez públicamente, el testimonio completo de cuando el Señor me rescató de la muerte.

¡Señor, Hijo de David, ten misericordia de mí!

Fue un 16 de septiembre de 2015. Estaba sola en casa. Mi esposo acababa de partir a su turno laboral de noche. Yo había terminado de cenar unos deliciosos pancakes con Nutella y estaba sentada en la sala del pequeño apartamento, viendo un programa de televisión y dando tiempo a que la digestión hiciera su trabajo, cuando, de repente, empezó de nuevo aquel dolor: el mismo que me venía agobiando con regularidad desde hacía casi tres años.

Pero esta vez era mucho peor.

Empecé a sudar a chorros. El sudor traspasó la ropa como si hubiese corrido una maratón. El dolor era tan, pero tan intenso, que apenas podía moverme. No lograba levantarme y, en cuestión de minutos, estaba llegando al punto de ni siquiera poder respirar.

Aunque durante casi tres años había tenido crisis parecidas, era la primera vez que experimentaba un sufrimiento tan agudo. Quería ponerme de pie para llamar a mi familia, pero aquel terrible dolor me lo impedía.

Lentamente y con mucho esfuerzo, alcancé a levantarme. Caminé hacia el teléfono y, cuando estaba a punto de llegar, me desvanecí. Sintiéndome cada vez más débil e impotente, desde lo más profundo de mi ser, con voz audible y con la poca fuerza que me quedaba, grité: —¡Señor, Hijo de David, ten misericordia de mí!

Le pedí al Señor que me diera las fuerzas necesarias para avisar a mi familia y llamar una ambulancia. El Señor me respondió y pude hacer ambas llamadas.

El diagnóstico

Poco tiempo después llegaron los paramédicos. Tuvieron que tocar el timbre varias veces antes de que yo pudiera incorporarme para abrirles. Empezaron a golpear la puerta con fuerza mientras gritaban: —¿Hay alguien adentro? Somos los paramédicos. Si está ahí, abra la puerta; de lo contrario, tendremos que derribarla.

No podía responder. Casi no me salía la voz por el dolor, caminaba con dificultad, respiraba agitadamente y el suplicio me estaba imposibilitando en todos los aspectos.

Con mucho esfuerzo logré llegar hasta la puerta. Al abrir, noté que los paramédicos se asombraron al verme. Uno de ellos preguntó: —Señora, ¿es normal que transpire así? ¡Está muy pálida!

Me pusieron oxígeno e inmediatamente agregaron: —Señora, debemos llevarla a un hospital porque creemos que necesita ser evaluada por un profesional. No es normal sudar de esta manera a causa de un dolor y tampoco es normal su color de piel. Está muy pálida, y eso nos indica que podría estar ocurriendo algo más grave.

Al llegar al centro médico comenzó el interrogatorio:

—En una escala del uno al diez, ¿cuál es su nivel de dolor?
—¿Cuándo empezó?
—¿Dónde se concentra?
—¿Qué comió antes de que comenzara?
—¿Había sentido este mismo dolor anteriormente?

La realidad era que llevaba casi tres años padeciendo aquellas crisis. Había buscado ayuda con quien era mi médica de familia en aquel entonces. Siempre me decía que se trataba de infecciones intestinales, más conocidas como gastroenteritis. Muchas veces me hicieron análisis de sangre y de orina, pero nunca supieron lo que realmente estaba ocurriendo.

Dos días antes de aquel fatídico incidente había visitado nuevamente la clínica por el mismo dolor. Una vez más, el diagnóstico de mi doctora había sido: —Tienes una gastro. Debes tomar mucho líquido.

Sin embargo, el verdadero problema era mucho más grave de lo que se había interpretado: tenía la vesícula llena de piedras.

Para ese día, el cuadro se había convertido en una peritonitis biliar causada por la perforación de la vesícula, como complicación de una colecistitis aguda. En otras palabras, la vesícula se había abierto.

Más adelante supe que la perforación de la vesícula biliar es una complicación poco frecuente y muy seria de los cálculos en la vesícula. También me enteré de que mi caso era de alto riesgo. Tras la perforación, la bilis se había derramado y mi cuerpo se había infectado con aquel líquido biliar.

Según me explicaron, los glóbulos blancos reaccionaron en modo de defensa, multiplicándose de manera hiperactiva y provocando alteraciones en la coagulación de mi sangre.

Necesitaba ser intervenida quirúrgicamente de emergencia, pero, al tener la sangre tan espesa, cualquier cirugía resultaba altamente riesgosa debido a la posibilidad de una trombosis o una embolia.

Por otro lado, no operarme inmediatamente aumentaba el riesgo de que se produjera una infección irreversible en los órganos internos. Debían extirpar la vesícula y detener la propagación del líquido biliar en mi cuerpo. Al mismo tiempo, necesitaban comenzar cuanto antes un tratamiento para diluir la sangre y evitar una mayor coagulación.

La experiencia de «señora sonrisa»

Mientras esperábamos más indicaciones, me dieron un medicamento para aliviar el dolor. Dijeron que era diez veces más fuerte que la morfina y que se llamaba Dilaudid.

Al principio me causó mucho mareo y náuseas. Vomité bastante. Después, el medicamento logró calmarme y me hizo dormir durante horas.

Mientras me encontraba en aquel profundo estado de inconsciencia, sentía que el corazón dejaba de latir y que la respiración se detenía. Literalmente, sentía que me ahogaba.

Experimenté esa sensación en varias ocasiones y llegué a pensar que me iría con el Señor. En cada uno de esos momentos, Ronald, mi esposo, que estaba allí conmigo, ponía sus manos calientes sobre mis hombros, y presionándome me sacudía y me llamaba: —¡Bella! ¡Joanna! ¡Amor!

Era entonces cuando recobraba el aliento y volvía a respirar.

Finalmente, después de muchas horas de espera, decidieron operar a pesar de todos los riesgos. No podían seguir retrasando la cirugía.

Entré al quirófano el 18 de septiembre de 2015. El procedimiento duró tres horas, en lugar de las dos horas y media previstas.

En la sala de recuperación, mientras empezaba a despertar de la anestesia, me dijeron: —¡Señora! ¡Señora! Mueva las piernas como si estuviera haciendo bicicleta. Queremos evitar una embolia pulmonar.

Estaba aturdida por la anestesia y no comprendía muy bien lo que había sucedido. Pensé que eso era lo que les decían a todos los pacientes para asustarlos y obligarlos a hacer un esfuerzo por despertarse. Con mucha dificultad intenté realizar los movimientos que me pedían, aunque me sentía sumamente débil y somnolienta.

Habían dejado colgando de mi abdomen un drenaje de tipo Jackson-Pratt. Dijeron que era «una pera» que servía para extraer la sangre y el resto de los fluidos acumulados después de la cirugía. Lo que salía de allí era un líquido amarillo.

Pasé aquella primera noche sola en la habitación.

Aún no sabíamos con exactitud lo que realmente tenía. Los médicos daban muy poca información y, cuando hablaban, no ofrecían demasiadas explicaciones. Mi mamá y mi hermana decían que el problema debía ser muy grave para que no nos dieran detalles.

Mi esposo y yo, por el contrario, creíamos que sería algo pasajero y que la falta de información por parte del personal médico era normal.

Resultó que mi mamá y hermana tenían toda la razón. Sin embargo, supimos de la gravedad del diagnostico hasta mucho tiempo después.

Al día siguiente yo seguía con mucho dolor. Me obligaron a caminar porque decían que era necesario para mi recuperación. También me presionaban para que comiera, aunque no tenía apetito.

Yo quería obedecer todo lo que me indicaban, pero cuanto más caminaba y comía, más me dolía; y cuantos más pasos daba, más me debilitaba.

Con el paso de las horas me sentía peor. Aun estando medicada, el dolor era insoportable. Caminaba completamente encorvada. Tres días después de la cirugía continuaba sintiéndome muy mal.

Un enfermero notó que mis ojos y mi piel se habían tornado amarillos. Llegaron a verme el médico cirujano, el hematólogo, el gastroenterólogo y el internista.

Algo no andaba bien. No era normal el color de mis ojos y mi piel, y tampoco era normal que continuara sintiendo tanto dolor. Necesitaban hacerme varios exámenes.

Comenzaron con análisis de sangre y de orina. Después debían realizarme una ecografía abdominal, un escáner y, finalmente, una resonancia magnética. Sin embargo, había muchos pacientes esperando antes que yo, así que debía armarme de paciencia.

Mientras tanto, me prescribieron más morfina para el dolor y suspendieron las caminatas diarias. La morfina debía hacer efecto durante cuatro horas, pero solo me aliviaba por una hora y media. Eso significaba que debía pasar aproximadamente dos horas y media soportando un gran sufrimiento.

Tener que padecer aquella inmensa agonía de manera constante me estaba debilitando. Además, la morfina me causaba fuertes efectos secundarios. Desde el momento en que me la administraban, podía sentir cómo perdía progresivamente mis facultades. Me dejaba completamente paralizada. A veces quería moverme y no podía. Quería despertar, pero no lo lograba. Para colmo, me provocaba mucha taquicardia.

Los enfermeros empezaron a notar alteraciones anormales en mi ritmo cardíaco. Me realizaron varios exámenes y, por primera vez en mi vida, supe que tenía una taquicardia supraventricular paroxística. Mis palpitaciones no eran regulares y, por esa razón tenía palpitaciones fuertes y rápidas repentinamente, lo cual podía ir debilitando mi corazón.

Al parecer, no es algo grave y puedo vivir con ello, aunque debo tener ciertas precauciones. El problema en aquel preciso momento era que, con un cuadro clínico tan complicado, ese descubrimiento aumentaba la complejidad del caso.

El peso de la prueba se volvía cada vez más difícil de soportar.

Recuerdo que, una de aquellas primeras noches, era el turno de mi hermana de quedarse conmigo. Me sentía muy mal y muy débil. El dolor era intenso, así que le dije: —Ya me está empezando el dolor de nuevo. La morfina está dejando de hacer efecto y todavía faltan dos horas para que me administren la siguiente dosis. No me siento capaz de soportar otras dos horas de esta agonía. Es posible que hoy me vaya con el Señor. Siento que mi cuerpo ya no resiste.

Juntas empezamos a orar, suplicándole al Señor que, si era su voluntad, me ayudara a soportar el sufrimiento. Lloramos, cantamos e invocamos el nombre de nuestro Dios.

Al mismo tiempo, mi hermana me hacía masajes y me aplicaba compresas de agua caliente en la espalda. Por alguna razón, eso me ayudaba mucho a aliviar aquel terrible dolor.

Pasaron aproximadamente dos horas. Cuando nos dimos cuenta, ya había llegado el momento de la siguiente dosis del medicamento.

Por fin pudieron realizarme todos los exámenes. Los resultados revelaron dos problemas.

En primer lugar, había una embolia hepática. Eso era lo que estaba causando el intenso dolor. Explicaron que, debido a que mi sangre se había coagulado tanto, había llegado a tener una textura parecida a la leche cortada o a la gelatina. Entonces, durante la cirugía se había formado un coágulo que quedó bloqueado en la vena porta del hígado, provocando la embolia.

Para intentar desintegrarlo, tenían que comenzar inmediatamente un tratamiento anticoagulante.

Pero eso no fue todo.

En segundo lugar, descubrieron que, durante la intervención, dos piedras de la vesícula se habían escapado y habían quedado atascadas en el conducto biliar. Esa era la causa del color amarillento de mis ojos y piel.

Era necesario volver a intervenir, esta vez mediante una endoscopia, para desobstruir el conducto. Sería una cirugía por la boca. Sin embargo, antes debían esperar a que la sangre diluyera un poco.

Comenzaron el tratamiento anticoagulante con un medicamento llamado heparina. Sabíamos que tomaría algún tiempo antes de ver resultados.

El personal debía revisar constantemente la densidad de mi sangre, por lo que tenían que realizarme extracciones cada cuatro o seis horas. Sin embargo, les costaba muchísimo encontrar las venas y, cuando finalmente las encontraban, la sangre no salía porque continuaba estando demasiado espesa.

Como se trataba de un caso tan extraño, la mayoría de los enfermeros nunca había visto algo semejante. Decían: —¿Pero qué es esto? ¡Qué cosa tan extraña! ¡No tiene sangre! ¡No le encuentro las venas!

Cada pinchazo era extremadamente doloroso. Las venas se escondían. Tenían que colocarme vías y aquello se convirtió en un verdadero suplicio.

En una ocasión, una enfermera golpeaba fuertemente mi brazo mientras decía: —Vamos, vena caprichosa, ¡quiero verte!

En otra oportunidad necesitaban insertarme un nuevo catéter. Intentaron durante tres horas encontrar una vena. Me pincharon tantas veces y en tantos lugares que tenía los brazos cubiertos de moretones. Sentía que iba a desmayarme del dolor.

Algunos enfermeros comenzaron a llamarme «la difícil de pinchar».

Un día, la enfermera que llegaba a sacarme sangre a las tres de la madrugada me dijo, con lágrimas en los ojos: —No entiendo cómo haces para recibirme todos los días, a esta hora, con una sonrisa.

En el piso, todo el personal me había apodado «señora sonrisa».

Le respondí que no era yo, sino Cristo en mí. Aproveché para hablarle de Jesús y explicarle que, si no fuera por Él, no podría conservar el gozo en medio de todo lo que estaba viviendo.

Otra enfermera también me dijo que no comprendía cómo podía mantenerme amable a pesar de estar atravesando tanto dolor físico.

La situación con mis venas era tan complicada que, como ya no sabían dónde pinchar, un médico me propuso colocarme una vía central de acceso subcutáneo. Se trataba de un catéter implantable que podía permanecer en el cuerpo durante semanas, meses o incluso años. Es lo que se utiliza en tratamientos de quimioterapia.

Supuestamente, eso evitaría que continuaran agujereándome a cada momento. Sin embargo, para colocarlo no podían administrarme anestesia y el procedimiento era bastante doloroso.

Yo sabía que no podría soportar otro dolor intenso, así que preferí continuar aguantando las punzadas, con gozo y confiando en que el Señor sería mi fortaleza y me daría las fuerzas necesarias para seguir adelante.

Esperaba que el tratamiento anticoagulante comenzara pronto a dar resultados y que la sangre empezaría a salir con normalidad.

El Espíritu Santo trajo a mi memoria la letra de aquella preciosa alabanza: «Oh, alaba, simplemente alaba. Si estás llorando, alaba; en la prueba, alaba; si estás sufriendo, alaba. No importa, alaba; tu alabanza Él escuchará».

Empecé a cantarla en voz alta, entre sollozos y lágrimas, y el Señor renovó mis fuerzas. Aquel canto se convirtió en mi alabanza lema durante el tiempo que permanecí internada en el hospital.

Poco a poco, la sangre comenzó a salir. El tratamiento con heparina estaba funcionando. Entonces me dieron fecha para la intervención endoscópica.

El objetivo era desbloquear el conducto biliar. Así que, el 30 de septiembre, fui intervenida por segunda vez.

Tanto los enfermeros como los médicos me dijeron: —No se preocupe, señora Molina. Todo va a estar bien. No va a sentir nada. El procedimiento dura como máximo veinticinco minutos. Los especialistas realizan esta misma intervención durante todo el día. Son expertos. Quédese tranquila; ya verá que después se sentirá mucho mejor.

Pero los planes del Señor eran completamente diferentes.

Lo que debía durar un máximo de veinticinco minutos se prolongó durante casi una hora. No lograron acceder al conducto biliar porque estaba demasiado estrecho. Sentí mucho dolor porque únicamente me habían administrado un calmante. Eso me provocó una fuerte taquicardia y tuvieron que detener abruptamente toda la intervención.

Lo que se suponía que sería un éxito, humanamente hablando, había resultado un rotundo fracaso.

Me habían hablado de tres posibles complicaciones después de la intervención. La primera era que se desarrollara una pancreatitis; la segunda, que se perforara el conducto biliar; y la tercera, que se produjera una hemorragia interna a causa de la perforación en el conducto biliar.

También dijeron que la probabilidad de que algo así ocurriera era de aproximadamente un cinco por ciento. Así que, según ellos, las probabilidades eran prácticamente nulas, de manera que no había nada que temer.

Pero la realidad fue que sufrí las tres posibles complicaciones, empezando por la pancreatitis severa.

Al intentar acceder al conducto biliar, que era tan estrecho, tocaron el páncreas y eso provocó la pancreatitis. Una vez más, me encontraba dentro de «las estadísticas inusuales». A causa de esa complicación, la semana siguiente fue una de las más difíciles. ¡Me dolía muchísimo!

Me sometieron a una dieta líquida estricta. No podía comer nada sólido porque, de hacerlo, el sufrimiento aumentaba. Mi sentido del gusto se tornó amargo; todo me sabía a antibiótico. Tenía fuertes dolores de cabeza, mucho frío y una gran debilidad.

Debía permanecer sentada día y noche porque la posición horizontal era una verdadera tortura. Durante aquellos días pasé mucha hambre y me sentía completamente agotada, pues no podía descansar adecuadamente.

Al final de la semana empecé a sentirme mejor. El personal notó un progreso evidente en mi semblante. La sangre parecía estar recuperando su densidad normal, y mis ojos y mi piel habían regresado a su color habitual.

Me dijeron que tal vez las piedras del conducto biliar habían salido por sí solas, ya que aparentemente eso podía suceder en algunos casos. De cualquier manera, debían realizar una tercera intervención, nuevamente mediante endoscopia, para confirmar si todavía había piedras.

Así que, el 7 de octubre de 2015, volví a la sala de cirugía. Existían los mismos tres riesgos que la vez anterior.

En esta ocasión todo fue diferente.

El procedimiento duró menos de treinta minutos. Me administraron anestesia completa, por lo que no sentí dolor ni sufrí taquicardia. Lograron acceder al conducto biliar. Las piedras todavía se encontraban allí, pero pudieron extraerlas.

Esta vez no tocaron el páncreas, así que todo indicaba que la intervención había sido exitosa. Aquella noche estuve hablando, caminando y comiendo con total normalidad.

Todos estaban muy contentos porque, aparentemente, ya no había más complicaciones. Incluso comenzaban a considerar la posibilidad de darme de alta.

Lo único que faltaba controlar era el estado de mi sangre. A pesar de la mejoría, los niveles de glóbulos blancos continuaban irregulares y el coágulo de la vena porta seguía obstruyendo el hígado.

Hasta que aquello no se normalizara, no podrían dejarme salir. Lo único que podíamos hacer era esperar a que mi cuerpo reaccionara favorablemente al tratamiento con heparina.

A la mañana siguiente me sentía muy bien. Estaba progresando de una manera excepcional.

Durante los días posteriores me retiraron los catéteres y hasta me permitieron ducharme. Llevaba semanas sin lavarme el cabello, rasurarme ni asearme completamente. Por fin tenía nuevamente la oportunidad de hacerlo.

El 11 de octubre del 2015, después de la ducha, me sentí fresca, limpia y renovada. Ya habían transcurrido tres días desde la endoscopia y todo parecía marchar viento en popa.

Nuestro aniversario de bodas era el 12 de octubre. Como aquella mañana del día 11 me sentía tan bien, mi esposo y yo planeamos que, para «celebrar» nuestro aniversario, iríamos a sentarnos en una pequeña banca del parque que estaba frente al hospital.

Pero, una vez más, los planes del Señor fueron otros.

Esa misma noche, el 11 de octubre, empecé a sentirme extraña. Tenía menos energía que en los días anteriores, más sueño y un profundo desgano. Algo era diferente.

El día 12, precisamente el día de nuestro aniversario, la debilidad se volvió extrema. No tenía fuerzas ni siquiera para levantarme. Sentía un fuerte zumbido en los oídos, una gran presión en la cabeza, mareos y muchas náuseas.

En aquel momento todavía no lo sabíamos, pero aquellos eran los síntomas de las otras dos complicaciones que nos habían advertido.

Durante la segunda endoscopia, al extraer las piedras, perforaron el conducto biliar. Como consecuencia de esa perforación, se produjo una hemorragia interna.

En cuestión de tres días había perdido el setenta y cinco por ciento de mi sangre. Eso explicaba la debilidad, los mareos, las náuseas y todos los demás síntomas.

Las heces comenzaron a salir de color negro y sufrí hipotensión arterial. Por eso me sentía tan débil y aturdida. Perdí el conocimiento en dos ocasiones, y la presión arterial llegó a estar tan baja que terminé sufriendo un terrible episodio de convulsión.

Hasta ese momento no sabía lo que estaba pasando, únicamente estaba viviendo la sintomatología. Estando acostada en la camilla, sintiéndome muy mal, quise ir al baño.

Intenté ponerme de pie, pero, debido a la gravedad de la hemorragia interna, la sangre se fue hacia los pies, dejando el cerebro sin suficiente oxígeno. Inmediatamente perdí el conocimiento.

Mi ritmo cardíaco subió casi a doscientas pulsaciones por minuto. Mi esposo estaba conmigo. Corrió, me sostuvo y me acostó en el piso. Después salió a buscar ayuda.

Mientras estaba en el suelo recuperé el conocimiento. Varios enfermeros intentaban reanimarme. Entre todos me trasladaron nuevamente a la camilla.

Un poco más tarde volví a sentir deseos de ir al baño. Como seguíamos sin saber qué estaba ocurriendo, habían dejado una silla de ruedas para ayudarme a llegar sentada hasta el baño y evitar otro desvanecimiento.

Así que utilicé la silla. Al principio todo parecía ir bien, pero no tardé mucho en perder nuevamente el conocimiento.

Esta vez convulsioné durante varios segundos.

Estaba inconsciente, sentada, convulsionando, con los ojos desorbitados y los pies y las manos contraídos. Mi esposo, sin saber qué hacer, salió de la habitación para pedir ayuda, pero esta vez no había nadie.

Regresó, rodeó mi torso con sus brazos, me sujetó y me levantó con fuerza. Al hacerlo, sin querer presionó mi región torácica, de tal manera que impulsó el corazón y permitió que el oxígeno llegara nuevamente al cerebro.

Fue entonces cuando recobré el aliento.

Me llevó hasta la cama, me acostó y, justo en ese momento, llegaron los enfermeros.

Les explicamos lo sucedido. Entonces inclinaron la camilla, dejando la cabeza hacia abajo y las piernas elevadas, para ayudar a que la sangre llegara al cerebro. También me prohibieron volver a levantarme.

Durante aquellos minutos en los que estuve inconsciente y convulsionando, sentí que mi alma abandonaba mi cuerpo físico. Sentía que me faltaba el oxígeno, que no respiraba, y podía percibir la asfixia.

Estaba partiendo con mi Señor y, aun en medio del desmayo, era consciente de ello. Recuerdo haber pensado: —Ya no pude despedirme de mi mamá ni de mi hermana. Pero, al menos, voy a partir en los brazos de mi Ronitald (mi esposo).

Sin embargo, una vez más, el Señor tenía otros planes para mí.

Poco tiempo después llegó el médico para decirme que debían trasladarme a la unidad de cuidados intensivos. Para entonces llevaba casi un mes hospitalizada. Aquella noticia fue un golpe muy fuerte. Con toda honestidad, no me lo esperaba.

Unos días antes me habían dicho que tal vez pronto podrían darme de alta. Había mostrado una mejoría fenomenal. El traslado a cuidados intensivos fue algo completamente inesperado.

De la noche a la mañana, mi salud volvió a deteriorarse radicalmente.

Para colmo, me anunciaron que, a pesar del tratamiento con heparina, el coágulo no cedía.

Ahora, además de la embolia hepática, tenía una hemorragia interna. Por esa razón debían llevarme a cuidados intensivos. Era necesario contrarrestar el tratamiento que diluía la sangre, con otro que favoreciera la coagulación y permitiera detener la hemorragia.

La situación era muy complicada. Los médicos debían llevar la sangre al punto exacto en el que no produjera más coágulos, pero que, al mismo tiempo, fuera lo suficientemente densa para dejar de filtrarse por el conducto biliar.

Necesitaban colocarme nuevamente los catéteres, pero, como había perdido tanta sangre, volvió a ocurrir lo mismo del principio con las venas.

La tortura fue tan grande que estuve a punto de perder otra vez el conocimiento mientras intentaban colocarme las vías.

Por un momento, el miedo, la angustia, la queja y el enojo quisieron tomar el control de mi mente y de mi corazón.

Sin embargo, unas semanas antes de ese suceso le había prometido a mi Señor que no me quejaría, viniera lo que viniera. Así que comencé a combatir aquellos pensamientos mediante el agradecimiento.

Agradecí por la dicha de haberme sentido sana durante algunos días. Le agradecí porque había podido volver a movilizarme sin estar conectada a cables. Agradecí porque habían retirado el catéter de mi brazo izquierdo y, al hacerlo, la vena había podido «descansar» durante ese tiempo. Estaba profundamente agradecida con mi Señor por haberme permitido la dicha de bañarme después de tantas semanas sin poder asearme por completo y, mejor aún, haberlo hecho sola, sin necesitar la ayuda de nadie.

En verdad, el Señor había sido extremadamente generoso conmigo al concederme todos aquellos regalos justo antes de pasar al siguiente nivel de la prueba. En ese tiempo tuve que permanecer dos semanas completas acostada, día y noche, en la unidad de cuidados intensivos, dependiendo totalmente del personal médico.

Mi familia ya no podía acompañarme porque no les permitían quedarse. Las horas de visita eran muy limitadas y estrictas, y nadie podía pasar la noche con los pacientes.

Ya no contaba con la presencia constante de mis seres amados. Debía depender únicamente de la compañía de mi Señor y aferrarme al consuelo del Espíritu Santo que mora en mí.

Sin lugar a dudas, era un nivel diferente de prueba.

Todos los especialistas se habían reunido para tratar mi caso. Una enfermera dijo que debíamos evitar otra pérdida de conocimiento porque el siguiente paso podía ser un paro cardíaco. Mi corazón ya no podría soportar mucho más.

Cuando finalmente lograron insertar los catéteres, me administraron una transfusión de plasma, dos de sangre y tres de hierro. La hemorragia interna me había provocado una anemia profunda.

Tenía tubos y cables por todas partes. Colocaron unas botas especiales en mis piernas para evitar nuevas embolias. No solo no podía levantarme, sino que apenas lograba moverme debido a la cantidad de aparatos conectados a mi cuerpo.

Me alimentaban por medio de suero. Tenía hambre y había comprendido que todavía faltaba mucho para que pudiera estar bien.

Una mañana, después de casi dos semanas en la unidad de cuidados intensivos, vino a verme un nuevo médico. Se presentó como mi «Doctor House».

—Hola —dijo—. Soy su Doctor House.

Sonrió y añadió:

—Soy médico hematólogo. Debo ser muy honesto con usted: ha sufrido todas las complicaciones posibles. ¡Es impresionante verla todavía sonriendo de esa manera!

Después continuó:

—Hemos hecho todo lo que está a nuestro alcance para estabilizarla, pero no ha sido nada fácil. Su caso es muy particular. Actualmente tiene una hemorragia interna, que estamos intentando controlar con un tratamiento para favorecer la coagulación. Sin embargo, al mismo tiempo tiene una trombosis, que se está tratando con heparina, un medicamento para diluir la sangre.

El problema es que ambos tratamientos actúan en direcciones contrarias y, por el momento, no hemos logrado controlar completamente ninguna de las dos situaciones. Necesitamos alcanzar un punto medio.

Hemos reunido a todo el personal médico para discutir su caso y hemos llegado a la misma conclusión: su vida está pendiendo de un hilo y ya no sabemos qué más hacer. Ayer utilizamos nuestro último recurso, esperando que funcione.

Estamos intentando que su sangre alcance la consistencia exacta para detener la hemorragia y, al mismo tiempo, deshacer el coágulo del hígado. Pero eso no es fácil. Por el momento, no nos queda nada más que esperar. Si funciona, lo veremos en unas horas; y, si no funciona, también.

Le pregunté: —¿Qué pasará si no funciona?

El médico respondió:

—La siguiente opción sería abrirla para intentar detener la hemorragia de manera manual y retirar el coágulo mediante una cirugía. Sin embargo, esa intervención es demasiado invasiva. El riesgo es extremadamente alto y el tiempo de recuperación sería muy largo. Además, tendría que vivir con graves secuelas permanentes durante el resto de su vida. Por eso, abrirla no es la opción que deseamos.

Después añadió:

—He visto que cree en la religión. Este es un buen momento para pedirle al «buen Dios» que la ayude. Si cree en los milagros, este es el momento de pedir uno.

Le respondí:

—Dios ya lo hizo, doctor. Usted me verá salir de este hospital porque mi Dios ya hizo el milagro.

Él sonrió y dijo: —Eso espero.

—Así será —respondí.

Y así fue.

Durante los días siguientes, poco a poco, el coágulo comenzó a desintegrarse, la hemorragia cesó, los glóbulos blancos regresaron a sus niveles normales y, como consecuencia, también se estabilizó la densidad de la sangre.

Me retiraron las botas especiales y, una tras otra, fueron desconectando las máquinas. Las taquicardias disminuyeron y, cuando intentaron ponerme de pie nuevamente, no me desvanecí.

La anemia se había estabilizado y yo había recuperado las fuerzas.

Después de dos semanas me trasladaron nuevamente al cuarto piso. Permanecí bajo observación durante otra semana y media, hasta que un día, a mediados de noviembre, llegaron a decirme: —Muy bien, ¡estás lista para salir de aquí!

Aquel día se convirtió en uno de los más felices de mi vida.

Hasta hoy, los médicos no han logrado explicar completamente lo que me ocurrió. Dicen que, en los libros de medicina, estudian todas las posibles complicaciones relacionadas con los cálculos en la vesícula. Afirman que incluso una perforación de la vesícula es poco frecuente y que es todavía menos probable encontrar un caso en el que se desarrollen tantas complicaciones al mismo tiempo, como sucedió conmigo.

Los médicos y especialistas que leen mi expediente, en primer lugar, no comprenden por qué desarrollé todas aquellas repercusiones, pues, según mi historial clínico, no había nada que pudiera explicarlo. En segundo lugar, no entienden cómo sigo viva.

Yo sí lo sé.

Sé que mi vida estuvo siempre en las manos del Señor. Sé que, dentro de su voluntad, permitió que atravesara aquella prueba de fe como preparación para lo que vendría, y estoy completamente convencida de que me regaló una segunda oportunidad para continuar sirviéndolo.

Nuestro Dios es quien da y quita la vida, y Él es el dueño de todo cuanto existe.

«Dios nos da la vida y nos trae la muerte».
1 Samuel 2.6

«¡Dios tiene en sus manos la vida de todos los seres vivos!».
Job 12.10

«Dos pajaritos no valen más que una moneda. Sin embargo, ningún pajarito muere sin que Dios, el Padre de ustedes, lo permita. ¡Dios sabe hasta cuántos cabellos tienen ustedes en la cabeza! Por eso, no tengan miedo. Ustedes valen mucho más que todos los pajaritos».
Mateo 10.29-31

Las secuelas

Después de salir del hospital permanecí bajo una supervisión rigurosa durante los siguientes seis o siete meses.

Debía continuar con el tratamiento anticoagulante por vía oral mediante un medicamento llamado warfarina o Coumadin. Las citas médicas y los análisis de sangre se realizaban cada dos semanas.

También debía seguir una dieta especial. Era necesario evitar los alimentos grasosos y demasiado condimentados, y me recomendaban consumir varias comidas pequeñas a lo largo del día.

Antes de pensar en regresar al trabajo, tendría que esperar por lo menos tres meses. Dedicaría ese tiempo completamente a fortalecer mi cuerpo mediante un tratamiento con hierro.

Nada de aquello me importaba. Lo único que deseaba era estar nuevamente en casa.

Los médicos habían dicho que quedaría con secuelas permanentes. Expresaron que el páncreas y el hígado podrían permanecer afectados de por vida; que, debido a la anemia severa, necesitaría entre tres y cuatro meses para restablecerme; y que el tratamiento anticoagulante se extendería durante otros seis o siete meses.

También pronosticaron que no solo sería propensa a desarrollar otra embolia hepática, sino que la vena obstruida en mi hígado probablemente nunca volvería a quedar completamente limpia. En otras palabras, creían que el coágulo nunca llegaría a desintegrarse por completo.

Después de todo lo que había sucedido con mi sangre, la anemia y las transfusiones, también sería normal que me sintiera más cansada y con poca energía.

Dejaron muy claro que nada volvería a ser como antes. Según ellos, debía aceptarlo y aprender a vivir con aquellas consecuencias.

Ciertamente, una de las secuelas con las que vivo desde entonces es el agotamiento físico constante. Nunca recuperé por completo la energía y la fuerza que tenía antes. Las taquicardias también forman parte de mi vida cotidiana y sigo siendo propensa a desarrollar anemia.

Sin embargo, a pesar de los pronósticos médicos, los exámenes demostraron que mi hemoglobina y la coagulación regresaron a sus niveles normales. De la misma manera, después de realizarme un escáner abdominal, notaron que la vena porta parecía estar completamente limpia.

A pesar de todo, estoy convencida de que el Señor estuvo presente en cada momento. Estoy segura de que se mantuvo y continúa estando en absoluto control.

Así que, con secuelas o sin ellas, sin importar lo que venga, mi alma alaba al Señor.

El aprendizaje

Quiero volver ahora al 18 de septiembre de 2015, a la primera noche que pasé sola en aquella habitación de hospital después de la cirugía.

La hora de visitas había terminado. Mi familia se había marchado y yo había quedado sola.

Se esperaba que, después de la intervención, comenzara a mejorar, pero ocurrió todo lo contrario. Seguía sintiéndome muy enferma y débil. Entonces comencé a experimentar una crisis de ansiedad. El miedo y la angustia quisieron inundar mi corazón. Fue una lucha interna muy dura.

Combatir los pensamientos y las emociones destructivas es sumamente difícil. Durante años les había enseñado, tanto a niños como a adultos, que no debían permitir que las emociones los dominaran, fueran cuales fueran. Unos meses antes también había compartido una enseñanza acerca de la actitud que Dios espera de sus hijos cuando llegan las pruebas.

Ese era el día en el que debía poner en práctica la teoría que tantas veces había predicado. Es fácil decirlo y aconsejarlo, pero ¡qué difícil es llevarlo a la práctica en el momento de la crisis! Así que, allí, sola aquella noche, con miedo a lo desconocido, sintiendo que iba a morir, agobiada por la incertidumbre y encontrándome completamente impotente y frágil, cerré los ojos y comencé a clamar.

Lloré, oré, alabé y leí la Palabra durante horas.

Estos son algunos de los muchos pasajes que fortalecieron mi fe en aquel momento: Filipenses 4.6-7; Juan 14.13-14; Salmos 5.3; 1 Juan 4.18 y 5.14-15; Romanos 8.26-27 y 12.2; Efesios 3.20-21 y 6.18; Hebreos 4.16.

Pasaron quizá unas tres horas seguidas hasta que logré quedarme profundamente dormida, en paz, con gozo y con el corazón lleno de confianza y gratitud hacia mi Señor.

A la mañana siguiente desperté renovada: débil físicamente, pero fortalecida en el espíritu. Había comprendido que el Señor estaba examinando cuál sería la actitud de mi corazón mientras atravesaba aquel valle de sombra y muerte.

Él quería ver en quién pondría mi esperanza. ¿A quién acudiría? ¿Cuál sería mi reacción hacia Él?

Ese era el examen y yo debía demostrar que conocía la respuesta.

Deseaba mantenerme firme y no flaquear en mi fe. Sin embargo, para lograrlo, debía luchar todos los días contra los pensamientos nocivos y las emociones abrumadoras.

Recuerdo perfectamente el domingo 4 de octubre de 2015. Llevaba cinco días siguiendo una dieta líquida debido a la pancreatitis provocada después de la primera endoscopia. Aquello me estaba afectando mucho. Tenía demasiada hambre y comenzaba a repercutir en mi estado de ánimo.

Ese día experimenté uno de los peores ataques de hambre que jamás hubiera imaginado.

Deseaba comer mis platos preferidos. Salivaba pensando en todo lo que se me antojaba. Sentía un enorme vacío en el estómago. Pasé todo el día malhumorada, caprichosa, disgustada, gruñona, protestando y con deseos de pelear con todo el mundo.

Me di cuenta de que mi actitud no era correcta y me sentí muy avergonzada. Clamé al Señor, implorando su perdón y su ayuda. Le supliqué que Él fuera mi sustento, mi alimento y mi fortaleza.

Le dije que, aun en medio del hambre, del dolor y de la debilidad, mi alma quería alabarlo y agradecerle por todas las cosas buenas que me daba.

Deseaba, de todo corazón, aprender a reconocer lo positivo en medio de cada circunstancia. Era muy consciente de que podría encontrarme en una condición mucho peor. Así que decidí ser agradecida en todo momento.

Le prometí al Señor que dejaría de quejarme y que me concentraría en lo bueno. Cambié mi actitud y comencé a mencionar todas las cosas positivas. Si me pinchaban siete veces, decía: —al menos no fueron ocho. Ciertamente tenía una embolia hepática, pero podría haber sido una embolia pulmonar o un accidente cerebrovascular, lo cual habría sido mucho más peligroso. Estaba pasando mucha hambre, pero, al menos, ya no sentía aquel dolor tan intenso.

Reformular mi manera de enfrentar los pequeños obstáculos me ayudó a conservar un corazón agradecido.

En la mañana del 5 de octubre de 2015, un día después de aquella «crisis de hambre», el médico pasó a verme y dijo: —¡Muy bien! Ya ha sido suficiente dieta líquida. Puedes empezar a comer alimentos sólidos nuevamente.

¡Estaba tan feliz! Pude comer durante todo ese lunes. Comí muy bien hasta quedar satisfecha. Por primera vez en una semana, no sentí dolor después de comer: ni en el desayuno, ni en el almuerzo, ni en la cena.

Además, después de haber pasado tantos días durmiendo sentada, finalmente pude acostarme casi completamente en posición horizontal, ¡sin sentir ningún dolor! Mi corazón rebosaba de gozo y gratitud.

El martes 6 de octubre, después del desayuno, una enfermera vino a verme y me dijo: —¡Muy bien! A partir de este momento vuelve a estar en ayuno porque mañana será su tercera intervención. Se refería a la segunda endoscopia.

Recuerdo que mi reacción espontánea fue soltar una gran carcajada. Le dije al Señor: —Muchas gracias, Papito, porque justo antes de volver a ponerme en ayuno me permitiste comer hasta saciarme, dormir como una bebé y recuperar las fuerzas. ¡Bendito sea tu santo nombre!

Tenía mucho tiempo libre y necesitaba ocuparme en algo productivo. Entonces comencé a releer los Salmos. La Palabra llenó mi mente y, como consecuencia natural, mi corazón recuperó el ánimo, la fe y la fortaleza.

Comencé a extraer preciosos pasajes de alabanza y confianza en Dios. Con las escrituras enfrenté el miedo, la angustia y los malos pensamientos que intentaban derribarme.

Desde ese momento, cada día se convirtió en una nueva batalla. Debía permanecer alerta y ser muy consciente de todo lo que permitía entrar en mi mente y en mi corazón. Era una lucha constante.

Ahora, después de toda aquella experiencia, puedo decir con certeza que no conozco otra manera de vencer la tristeza, la angustia, el miedo y cualquier otra emoción que agobie el espíritu humano.

Así que, si estás atravesando una prueba parecida a la que yo viví, te animo a orar sin cesar, alabar a Dios con un corazón agradecido y meditar en la verdad de su Palabra.

Pídele al Señor que aumente tu fe. Te aseguro que experimentarás la paz y la fortaleza que solamente Él puede dar.

Eso sí: debes estar dispuesto a luchar contra tus pensamientos negativos y contra tus emociones engañosas.

En aquel tiempo, mi esposo y yo nos preparábamos para irnos a servir al Señor a tiempo completo en otro país. Nuestro plan era salir de Canadá en 2016. Sería un paso de fe, pues, para responder al llamado que el Señor nos estaba haciendo, tendríamos que dejarlo todo. Literalmente, todo.

La prueba de mi salud un año antes de nuestra partida, me estaba preparando para lo que vendría durante la vida ministerial que nos esperaba. Debía aprender, no solamente a vivir por fe, sino también a soltar todo lo que consideraba valioso, empezando por mi propia vida.

Debía aprender a buscarlo primeramente a Él en medio de la tribulación, antes que acudir a cualquier otra ‘respuesta’ o persona.

También debía aprender a proteger mi corazón del miedo y de la angustia; a guardar mis palabras de la queja y la ingratitud; a alejar de mi mente los pensamientos negativos; y a vigilar que mis acciones y reacciones reflejaran su amor, su dominio propio y su templanza.

Debía aceptar que el Señor es el dueño de todo y que, si da, es bueno; y, si quita, continúa siendo bueno.

Durante nuestro tiempo de ministerio a tiempo completo tuve la sensación de haber perdido muchas cosas: bienes materiales, tiempo que podría haber invertido en mi desarrollo personal y profesional, fuerza, energía y objetos de gran valor sentimental. Cada pérdida representó un duelo. Sin embargo, en aquellos momentos recordé dos verdades: La primera, que no existe nada más gratificante que servir al Señor. La segunda, que Él es el dueño de todo.

Después de todo el proceso que viví, puedo confirmar que el Señor es bueno y que su misericordia permanece para siempre, aunque nos encontremos cara a cara con la muerte. Después de todo, como dice el apóstol Pablo, no hay nada mejor que estar en la presencia del Señor, porque «el morir es ganancia».

Estuve hospitalizada durante dos meses.

El Señor me levantó de la muerte. Él me sanó. Y junto con la prueba, me dio la capacidad y la fortaleza necesarias para atravesarla. Pude experimentar su inmenso amor, manifestado, en primer lugar, por medio de mi familia.

Nunca podré olvidar los sacrificios que hicieron para cuidarme: faltar al trabajo, utilizar sus días de vacaciones, desvelarse para atenderme, ir a trabajar después de no haber dormido por pasar la noche en vela conmigo, acostados en el piso frío o en un incómodo y duro sillón de hospital.

Sin ellos no lo habría logrado.

Tambien comprobé su amor por medio de un ejército de guerreros intercesores que me sostuvo durante todo aquel tiempo, clamando junto conmigo para que el Señor manifestara su gloria en mi vida. Fui fortalecida mediante visitas, llamadas, mensajes de texto y audios. Muchos hermanos en la fe, desde diferentes países, estuvieron pendientes de mi progreso. Oraban, ayunaban, llamaban y preguntaban constantemente por mí.

¡Qué hermoso es contar con una gran familia en la fe!

Doy infinitas gracias al Señor por haberme concedido una nueva oportunidad de vivir.

Permitió que llegara al borde de la muerte para glorificarse en mi cuerpo. Me dio una segunda oportunidad para continuar sirviéndolo y para dar testimonio de su obra en mí.

Por eso lo alabo y proclamo para siempre: ¡Que toda la gloria sea dada a su nombre!

Hasta la próxima. 

Si me sirve a mí, quizá también a ti.

2 respuestas a «El valle de sombra y muerte»

  1. extraordinario testimonio de amor y misericordia hijita amada. Dios es Bueno.

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  2. Qué bendición leerte Joa, tu testimonio trae aprendizajes a mi vida.

    ¡El Señor es bueno todo el tiempo!

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