El valle de sombra y muerte – Mi testimonio, parte 2.

Hace unas semanas compartí el testimonio de por qué mi esposo y yo no tenemos hijos. Te dejo el enlace por si quieres leerlo https://joanna-molina.com/2024/07/09/por-que-no-tenemos-hijos-mi-testimonio-parte1/. En esta ocasión, nuevamente a corazón abierto, quisiera contarte, por primera vez públicamente, el testimonio completo de cuando el Señor me rescató de la muerte.

¡Señor, hijo de David, ten misericordia de mí!

Fue un 16 de septiembre del 2015.  Estaba sola en casa.  Mi esposo acababa de partir a su turno laboral de noche.  Yo había terminado de cenar unos deliciosos pancakes con nutella.  Sentada en la sala del pequeño apartamento, viendo un programa de televisión, dándo tiempo a que la digestión hiciera su trabajo, cuando, de repente, empezó de nuevo aquel dolor, el mismo que me venía agobiando con regularidad por ya casi tres años.  Pero esta vez era mucho peor.

Empecé a sudar a chorros.  El sudor traspasó la ropa como si viniese de correr una maratón.  El dolor era tan pero tan intenso que apenas podía moverme.  No lograba levantarme, y, en cuestión de minutos, estaba llegando al punto de ni siquiera poder respirar.  Aunque por casi tres años había estado teniendo crisis parecidas, era la primera vez que experimentaba un sufrimiento tan agudo.  Quería pararme para llamar a mi familia, pero la terrible pena me lo impedía.  Lentamente y con mucho esfuerzo alcancé a ponerme de pie.  Caminé hacía el teléfono y casi llegando me desvanecí.  Sintiéndome cada vez más débil e impotente, desde lo más profundo de mi ser, con voz audible, y con la poca fuerza que me quedaba, grité: ¡Señor, hijo de David, ten misericordia de mí!  Le pedí al Señor que me diera las fuerzas para avisar a mi familia y llamar una ambulancia. El Señor me respondió y pude hacer ambas llamadas.

El Diagnostico

Poco tiempo después llegaron los paramédicos.  Tuvieron que sonar el timbre varias veces antes que yo pudiera incorporarme para abrir.  Empezaron a golpear la puerta fuertemente gritando: -¿Hay alguien adentro?, somos los paramédicos, si está ahí abra la puerta, si no, tendremos que derribarla-.  No podía responder, casi no me salia la voz, caminaba con dificultad, respiraba agitadamente y el suplicio estaba imposibilitándome en todos los aspectos.  Así que, con mucho esfuerzo logré llegar a la puerta.  Al abrir, note que los paramédicos se asombraron de verme.  Uno de ellos preguntó: -¿Señora, es normal que transpire así?  ¡Está muy pálida!- Me pusieron oxígeno e inmediatamente agregaron: -Señora, debemos llevarla a un hospital porque creemos que debe verla un profesional.  No es normal sudar de esta forma por un dolor, y no es normal su color de piel.  Está muy pálida y eso nos indica que hay algo que puede ser más grave.- 

Llegando al centro médico comenzó el interrogatorio:  -En una escala del 1 al 10, ¿cuál es su nivel de dolor?  -¿Cuándo empezó el dolor?  -¿Dónde se centra el dolor?  -¿Qué comió antes que iniciara el dolor? -¿Había sentido el mismo dolor antes?-  La realidad era que, llevaba casi tres años teniendo estas crisis.  Había buscado ayuda con la que era mi médico de familia en aquel entonces.  Siempre me dijo que se trataba de infecciones intestinales, más conocidas como gastroenteritis.  Muchas veces me hicieron tomas de sangre y de orina, pero nunca supieron lo que realmente era. 

Dos días antes de este fatídico incidente, había visitado nuevamente la clinica por el mismo dolor.  Una vez más, el diagnostico de mi doctora había sido: -tienes una gastro, debes tomar mucho líquido.- Pero resultó que el verdadero problema era mucho más grave de lo que se había interpretado.  Tenía la vesícula llena de piedras.  Ya para ese día, el cuadro se había convertido en una peritonitis biliar por perforación de vesícula biliar, también conocida como colecistitis aguda.  En otras palabras, la vesícula se había abierto. 

Más adelante supe que la perforación de la vesícula biliar es una complicación rara y la más seria de las piedras en la vesícula.  Que se presenta en el 2 al 11 % de los casos, y que se asocia a una mortalidad alta del 70%.  Además de ser poco común, también me enteré que era un caso de alto riesgo.  Tras la perforación, la bilis se salió y mi cuerpo se infectó de ese líquido biliar.  En consecuencia, los glóbulos blancos reaccionaron en modo defensa, como combatiendo un virus, multiplicándose de manera hiperactiva, atacando los glóbulos rojos y provocando la coagulación de mi sangre.  Necesitaba ser intervenida quirúrgicamente de emergencia, pero, al tener la sangre tan espesa, cualquier tipo de cirugía resultaba altamente riesgosa por una posible trombosis o embolia.  Por otro lado, el no operar de forma inmediata aumentaba el riesgo de una infección de órganos internos irreversible.  Debían extirpar la vesícula y detener la propagación del líquido biliar en mi cuerpo, y al mismo tiempo, debían empezar lo más pronto posible un tratamiento para diluir la sangre y evitar más coagulación. 

La Experiencia ‘señora sonrisa

Mientras esperábamos más indicaciones, para aliviar el dolor, me dieron un medicamento que dijeron era diez veces más fuerte que la morfina de nombre dilaudid.  Al inicio causó mucho mareo y nauseas. Vomite mucho.  Luego, me calmó y me hizo dormir por horas.  Estando en ese total estado inconsciencia, sentía que el corazón dejaba de latir y que la respiración se detenía.  Literalmente sentía que me ahogaba.  Experimenté esa sensación en varias ocasiones en las cuales pensé irme con el Señor.  En cada uno de esos exactos momentos, Ronald, mi esposo, estando ahí conmigo, ponía sus manos sobre mis hombros, me sacudía, y con su voz fuerte y sus grandes manos calientes presionandome y moviendome, me llamaba: ¡bella¡ ¡Joanna¡ ¡amor!  Era entonces cuando recobraba el aliento y volvía a respirar. 

Finalmente, después de muchas horas de espera, decidieron operar con todo y riesgo. No podían seguir retrazando la cirugía. Entré a quirófano el 18 de septiembre del 2015.  El procedimiento duró 3h en lugar de 2h30.  Enseguida, estando en la sala de reposo, al comenzar a despertar de la anestesia, me dijeron: -¡Señora! ¡Señora! Mueva las piernas como si está haciendo bicicleta porque queremos evitar una embolia pulmonar.-  Estaba aturdida por la anestesia, no entendía mucho lo que me había pasado, entonces pensé que era lo que decían a todos los pacientes para asustarlos e hicieran un esfuerzo por despertarse. Con mucha dificultad, intenté realizar los movimientos que me pedían, aunque me sentía muy débil y somnolienta. 
Habían dejado colgando de mi estómago un drenaje, de tipo Jackson Pratt.  Dijeron que era ‘una pera’ para extraer la sangre y el resto de los fluidos que se habían acumulado tras la cirugía.  Lo que salía era un líquido amarillo.  Pasé esa primera noche sola en la habitación.  Aún no sabíamos con exactitud lo que realmente tenía.  Los médicos daban muy poca información.  Y de lo poco que decían, no daban especificaciones.  Mi mamá y hermana decían que debía ser algo muy grave para que no nos dieran detalles.  Ronald y yo creíamos que sería algo pasajero, y que la falta de aclaración por parte del personal médico era normal.  Resultó que mamá y hermana tenían toda la razón, pero supimos sobre la gravedad del asunto hasta mucho tiempo después.

Al siguiente día yo seguía con mucho dolor.  Me obligaron a caminar porque decían que era necesario para mi recuperación.  También me presionaban para que comiera, pero no tenía apetito.  Yo quería obedecer a todo lo que me indicaban, pero, entre más caminaba y comía, más me dolía, y entre más pasos daba, más me debilitaba.  Mientras avanzaban las horas me sentía peor.  Aun estando medicada, el dolor era insoportable.  Caminaba completamente encorvada.  Tres días después de la cirugía seguía sintiéndome muy mal. 

Un enfermero notó que mi color de ojos y piel se había vuelto amarillo.  Llegaron a verme el médico cirujano, el hematólogo, el gastroenterólogo y el internista.  Algo no andaba bien.  No era normal el color de ojos y piel, y no era normal que aún doliera. Necesitaban hacerme varios exámenes.  Empezaron con tomas de sangre y orina.  Luego debían seguir con una ecografía abdominal, un scanner, y terminar con una resonancia magnética.  Pero, había muchos pacientes esperando antes que yo, así que, debía armarme de paciencia.  Mientras tanto, prescribieron más morfina para el dolor, y pidieron que dejara las caminatas diarias.  La morfina debía hacer efecto por cuatro horas, pero solo rendía hora y media.  De manera que, me tocaba pasar dos horas y media con gran sufrimiento.  Aguantar esa gran agonía constante, me estaba debilitando lentamente.  Por otro lado, el medicamento me estaba causando efectos secundarios. Desde el momento que lo aplicaban, podía sentir como, poco a poco, me hacía perder mis facultades.  Me dejaba totalmente paralizada.  A veces quería moverme y no podía.  Quería despertar y no lo lograba.  Y para colmo, me causaba mucha taquicardia.  Empezaron a notar alteraciones cardíacas anormales.  Hicieron varios examenes y por primera vez en la vida supe que tengo una distorción cardíaca.  Significa que mis palpitaciones no son regulares, y por eso soy propensa a tener taquicardias, lo cual puede debilitar mi corazón.  Al parecer no es grave, puedo vivir con eso, pero con precaución.  El detalle era que, en ese preciso momento, con mi cuadro clínico complicado, ese descubrimiento elevaba la complejidad del caso. 

El peso de la prueba estaba siendo cada vez más tenaz.  Recuerdo que una de esas primeras noches, le había tocado el turno a mi hermana para quedarse conmigo.  Me estaba sintiendo muy mal, muy débil, me dolía mucho, entonces le dije: -Ya me está empezando el dolor de nuevo.  La morfina está dejando de hacer efecto y me quedan aún dos horas antes de que me pongan la siguiente dosis.  No me siento capaz de soportar dos horas más esta agonía tan intensa.  Es posible que me vaya hoy con el Señor, siento que mi cuerpo ya no resiste.-  Juntas empezamos a orar, suplicando al Señor que, si era su voluntad, me ayudara a soportar el sufrimiento.  Lloramos, cantamos e invocamos el nombre de nuestro Dios.  Al mismo tiempo mi hermana hacía masajes y aplicaba compresas de agua caliente en la espalda.  Por alguna razón eso me ayudaba mucho para aliviar el tremendo mal.  Pasaron como dos horas.  Cuando nos dimos cuenta, ya era el tiempo de la siguiente dosis de medicamento. 

Porfin pudieron hacerme todos los examenes.  Los resultados evidenciaron dos problemas. En primer lugar, había una embolia hepática, era lo que estaba causando el gran dolor. La explicación fue que, dado que mi sangre se había coagulado tanto, llegó a tener la textura de leche cortada o de gelatina. Entonces, durante la cirugía se formó un coagulo que quedó bloqueado en la vena porta del hígado, creando así la embolia. Para intentar desintegrarlo tenían que empezar de inmediato un tratamiento diluidor de sangre.  Pero eso no era todo.  En segundo lugar, encontraron que, mientras se llevó a cabo la intervención, se escaparon dos piedras de la vesícula y quedaron atascadas en el conducto biliar.  Esa era la causa del tono amarillento en ojos y piel.  Para eso, era necesario operar de nuevo, por endoscopía, con el fin de desobstruir el conducto.  Sería una cirugía por la boca.  Pero, debían esperar a que la sangre se diluyera un poco. 

Empezaron el tratamiento para diluir la sangre con un medicamento de nombre heparina.  Sabíamos que tomaría un poco de tiempo antes de ver resultados.  El personal tenía que estar revisando constantemente la densidad de mi sangre, así que debían hacerme tomas cada 4 o 6 horas.  Pero, les estaba costando mucho trabajo encontrar las venas, y cuando las encontraban, la sangre no salía por lo espesa que seguía estando.  Cómo era un caso tan raro, la mayoría de enfermeros nunca había visto algo así.  Decían: -Pero ¿qué es esto?  ¡Qué cosa más extraña!  ¡No tiene sangre! ¡No le encuentro las venas!-  Cada pinchazo era extremadamente doloroso.  Las venas se escondían. Tenían que colocarme vías y era un súplicio. Me dolía mucho. En una ocasión, una enfermera golpeaba mi brazo diciendo: -vamos vena caprichosa, ¡quiero verte!  Era realmente muy doloroso.  En otra ocasión debían insertarme un nuevo catéter.  Intentaron durante tres horas para encontrar la vena.  Me pincharon tanto, por tantos lados que tenía los brazos llenos de moretones.  Sentía que me iba a desmayar del suplicio.  Algunos enfermeros me decían: ‘la dificil de pinchar’. 

Un día, la enfermera que llegaba a sacarme sangre a las tres de la madrugada, con lágrimas en los ojos me dijo: -No entiendo cómo haces para recibirme, todos los días, a esta hora, con una sonrisa.  En el piso, todo el personal me apodó: señora sonrisa.  Respondí que no era yo, sino Cristo en mí.  Aproveche para hablarle de Jesús y explicarle que, si no fuera por Él, no podría estar feliz en medio de todo lo que estaba viviendo.  Otra enfermera me dijo que no entendía como podía mantenerme amable a pesar de estar pasando por tanto dolor físico.  La situación con las venas era tan compleja que, como ya no sabían dónde pinchar, un doctor me propuso poner la vía central de acceso subcutáneo.  Esto es el catéter implantable que se deja en el cuerpo durante muchas semanas, meses o años, y que se usa en los casos de quimioterapia.  Supuestamente eso evitaría que me estuvieran agujereando a cada rato.  Pero, para ponerlo no podía tener anestesia, y era bastante doloroso.  Yo sabía que no podría soportar otro gran dolor, así que, preferí seguir aguantando las punzadas, con gozo, confiando en que el Señor sería mi fortaleza y me daría la fuerza para seguir adelante. Esperaba que el tratamiento diluidor de la sangre pronto empezaría a hacer efecto. El Espírtu Santo trajo a mi memoria la letra de aquella preciosa alabanza: -Oh alaba, simplemente alaba, si estás llorando alaba, en la prueba alaba, si estás sufriendo alaba, no importa alaba, tu alabanza Él escuchará.  Empecé a cantarla audiblemente, entre sollozos y lágrimas.  Y el Señor renovó mis fuerzas.  Ese canto se volvió en mi alabanza lema mientras estuve interna en aquel hospital. 

Poco a poco la sangre empezó a salir.  El tratamiento de heparina estaba funcionando.  Entonces, me dieron fecha para la cirugía por endoscopía. Iban a intentar desbloquear el conducto biliar.  Así que, el 30 de septiembre fui intervenida por segunda vez.  Tanto enfermeros como médicos dijeron: -No se preocupe señora Molina, todo va a estar bien.  No va a sentir nada, el procedimiento dura máximo 25 minutos, son especialistas que pasan haciendo esa intervención todo el día, así que tranquila, ya verá que después de eso se sentirá mucho mejor.-  Pero los planes del Señor eran totalmente diferentes.  Lo que debía durar máximo 25 minutos, se alargó a casi una hora.  No lograron acceder al conducto biliar porque estaba muy estrecho, sentí mucho dolor porque solo me habían dado un calmante, eso me provocó una fuerte taquicardia, entonces tuvieron que parar toda la intervención de forma abrupta.  Lo que se suponía sería todo un éxito, humanamente hablando había sido un rotundo fracaso.  Me habían hablado de tres posibles riesgos tras la cirugía.  El primero era que se desarrollará una pancreatitis.  El segundo, que se perforara el conducto biliar.  Y el tercero, que se produjera una hemorragia interna.  Pero dijeron que la probabilidad de que eso pasara era del 5% en los casos.  Así que, -no había nada qué temer-.

La realidad fue que, de los tres posibles riesgos en esta segunda intervención, yo tuve el primero: una severa páncreatitis.
Al intentar acceder al conducto biliar tan estrecho, tocaron el páncreas y eso me provocó una pancreatitis.  Una vez más estaba dentro de ‘las estadisticas inusuales’.  A causa de la pancreatitis, la siguiente semana fue una de las más duras.  ¡Me dolía mucho!  Me pusieron en una estricta dieta líquida, no podía comer nada sólido pues sino el sufrimiento incrementaba.  Mi gusto se tornó amargo, todo me sabía a antibiótico.  Me daban fuertes dolores de cabeza, sentía mucho frío y mucha debilidad.  Tenía que estar sentada día y noche, porque la postura horizontal era realmente una tortura.  Todos esos días pase mucha hambre y me sentía muy agotada pues no podía descansar ya que debía permanecer sentada. 

Al final de la semana empecé a sentirme mejor.  El personal notó un evidente progreso en mi semblante.  La sangre parecía estar retomando su densidad normal y mi color de ojos y piel había vuelto al tono regular.  Me decían que tal vez las piedras en el conducto biliar habían salido solas ya que, al parecer eso sucede en algunos casos.  De cualquier forma, debían hacer una tercera intervención, nuevamente por endoscopía, para confirmar si siempre habían piedras o no.  Así que, el 7 de octubre del 2015, volví a sala de cirugía.  Se corrían los mismos tres riesgos que la vez anterior.  En esta ocasión todo fue diferente.  El procedimiento duró menos de 30 minutos, tuve anestesia completa, de manera que no sentí ningún dolor, no hubo taquicardia, lograron acceder al conducto biliar. Las piedras seguian estando ahí, pero pudieron extraerlas.  Esta vez no tocaron el páncreas, así que todo demostraba haber sido un éxito.  En la noche de ese día estuve hablando, caminando y comiendo con toda normalidad.  Todos estaban muy contentos porque, aparentemente, no había más complicaciones, y ya empezaban a ver las posibilidades de darme de alta.  Lo que faltaba aún por controlar era el estado de mi sangre, ya que, a pesar de la mejora, los niveles de glóbulos blancos seguían irregulares y el coagulo en la vena porta seguía bloqueando el hígado.  Hasta que eso no se normalizara no podrían dejarme ir.  Lo único que podíamos hacer era esperar a que mi cuerpo reaccionara de la mejor manera al tratamiento de heparina. 

La mañana siguiente me sentía muy bien.  Iba progresando de una forma excepcional.  En los días posteriores me quitaron todos los catéteres, y hasta me permitieron ducharme.  Llevaba semanas sin lavarme el cabello, ni rasurarme, ni asearme completa.  Por fin tenía nuevamente la oportunidad.  El 11 de octubre, después de la ducha, me sentí fresca, limpia y renovada.  Habían pasado ya tres días luego de la endoscopía y todo parecía avanzar de viento en popa.
Nuestro aniversario de bodas era el día sigiente, 12 de octubre.  Entonces, ese 11 en la mañana, después de la ducha, cómo me había estado sintiendo tan bien, planeamos con mi esposo que, para ‘celebrar’ el aniversario, el día siguiente iríamos a sentarnos en la banquita del parquecito frente al hospital.  Pero, una vez más, los planes del Señor fueron otros.  
Resulta que ese mismo 11 de octubre por la noche, empecé a sentirme extraña, con menos energías de las que había estado teniendo, con más sueño, desganada, diferente.  El 12, el día de nuestro aniversario, la debilidad era extrema, no tenía fuerza ni para levantarme.  Sentía un fuerte zumbido en los oídos y una gran presión en la cabeza, estaba mareada y con muchas náuseas. 
En ese momento no se sabía, pero, lo que estaba sucediendo eran los sintomas de las otras dos complicaciones que habían anticipado.
Durante la segunda endoscopía, al intentar sacar las piedras, perforaron el conducto biliar, y como consecuencia a la perforación, causaron una hemorragia interna.  Así que, en cuestión de tres días había perdido el 75% de la sangre. Eso explicaba la debilidad, los mareos, las náuseas y todo lo demás. 
Las heces empezaron a aparecer de color negro, tuve hipotensión arterial, por eso me sentía tan débil y aturdida.  Perdí el conocimiento en dos ocasiones, y la tensión arterial llegó a estar tan baja que terminó causándome un terrible episodio de convulsión. 

Estaba acostada en la camilla, sintiendome muy mal, sin saber lo que realmente tenía. Entonces quise ir al baño. Intenté pararme, pero debido a la hemorragia interna, por la gravedad, la sangre se fue hacia los pies, dejando el cerebro totalmente sin oxígeno. De inmediato perdí el conocimiento.  El ritmo cardiaco me subió casi a 200. Ronald estaba conmigo, corrió, me tomó y me acostó en el piso.  Luego fue a buscar ayuda. Estando en el suelo recobré el conocimiento.  Varios enfermeros estaban intentando reanimarme.  Entre todos me pasaron de nuevo a la camilla.  Un poco más tarde tuve nuevamente deseos de ir al baño.  Cómo aún no se sabía lo que pasaba, habían dejado una silla de ruedas para ayudarme a llegar al baño sentada, con la idea de evitar un nuevo desvanecimiento.  Así que usé la silla. Al inicio todo parecía ir bien, pero no tarde mucho en perder nuevamente el conocimiento.  Esta vez convulsioné por varios segundos.  Estando inconsciente, sentada, conmosionando, los ojos desorbitados, pies y manos contraídos, mi esposo sin saber qué hacer, salió de la habitación a pedir ayuda, pero esta vez no había nadie.  Regresó a la habitación, puso sus brazos alrededor de mi torso, me sujetó y me alzó con fuerza.  Al hacer eso, sin querer, presionó la parte torácica, de tal manera que bombeo el corazón, haciendo así que el oxígeno llegara de nuevo al cerebro, y fue entonces que recobré el aliento.  Me llevó a la cama, me acostó y justo en ese momento llegaron los enfermeros.  Les explicamos lo que sucedió, entonces, inclinaron un poco la camilla cabeza hacia abajo y piernas en alto, eso era para que la sangre corriera al cerebro, y me prohibieron levantarme de nuevo.  En esos minutos que estuve inconsciente, convulsionando, sentí que mi alma estaba abandonando mi cuerpo físico.  Sentía que me faltaba el oxígeno, no estaba respirando y podía sentir la asfixia.  Estaba partiendo con mi Señor y en medio del desmayo, era consciente de eso.  Recuerdo haber pensado:  -Ya no pude despedirme de mi mamá y hermana.  Pero al menos voy a partir en los brazos de mi Ronitald.-  Pero, nuevamente, el Señor tenía otros planes para mí, y por eso me regreso a la vida. 

Poco tiempo después, llegó el doctor a decirme que debían trasladarme a cuidados intensivos.  Para ese tiempo ya llevaba casi un mes hospitalizada.  Aquella noticia fue un golpe bajo.  Con toda honestidad, no me lo esperaba.  Unos días antes me habían dicho que talvez pronto podrían darme de alta.  Había mostrado una mejora fenomenal.  El traslado a la unidad de cuidados intensivos era algo totalmente fortuito.  De la noche a la mañana mi salud volvió a deteriorarse radicalmente.  Para colmo, me anunciaron que, a pesar del tratamiento de heparina, el coágulo no cedía. Ahora entonces, encima de la embolia hepática, tenía una hemorragia interna.  Por eso debían llevarme a cuidados intensivos.  Era necesario contrarrestar el tratamiento de heparina, que hacía diluir la sangre, con uno que sirviera para espesarla, con el fin de detener la hemorragia.  Era complicado.  Los medicos tendrían que llevar la sangre al punto exacto en el cual no produjera más coágulos, pero que fuera suficientemente densa para dejar de filtrarse por el conducto biliar.

Necesitaban poner de nuevo los catéteres, pero, como había perdido tanta sangre, volvió a pasar lo del principio con las venas. La tortura fue tal, que estuve a punto de volver a perder consciencia mientras intentaban colocar las vías. Por un momento el miedo, la angustia, la queja y el enojo quisieron tomar el control de mi mente y corazón. Pero, unas semanas antes había prometido a mi Señor que no me quejaría, viniera lo que viniera. Así que, empecé a combatir con agradecimiento.  Agradecí por la dicha de haberme sentido sana por unos días.  Le agradecí porque había podido volver a movilizarme sin estar conectada a cables.  Agradecí porque habían sacado el catéter de mi brazo izquierdo, y al hacerlo la vena había podido ‘descansar’ por esos días.  Llevaba casi un mes con ese aparato dentro de mí.  La vena ya estaba muy inflamada y me dolía todo el brazo.  Estaba muy agradecida con mi Señor por la dicha de haber podido bañarme después de tantas semanas sin asearme completamente, y mejor aún, haberlo hecho sola, sin requerir la ayuda de nadie.  En verdad el Señor había sido extremadamente generoso conmigo al darme todos esos regalos justo antes de pasar al siguiente nivel del examen, en dónde tendría que permanecer dos semanas enteras acostada, día y noche, en la unidad de cuidados intensivos, dependiendo completamente del personal médico. Mi familia ya no podía acompañarme porque no los dejaban quedarse. Las horas de visita eran muy limitadas y estrictas, y a nadie se le permitía pasar la noche con los pacientes.  Ahora ya no contaba con la presencia de mis seres amados.  Debía depender únicamente del Señor y aferrarme al consuelo del Espíritu Santo en mí.  Sin lugar a dudas fue un nivel de prueba diferente.

Todos los especialistas se habían reunido para tratar mi caso.  Una enfermera dijo que debíamos evitar otra perdida de conocimiento porque, el próximo paso era un paro cardíaco.  Mi corazón ya no podría aguantar más.  Cuándo porfin lograron insertar los catéteres, pusieron una transfusión de plasma, dos de sangre y tres de hierro.  La hemorragia interna me había causado una anemia profunda.  Tenía tubos y cables por todos lados.  Colocaron unas botas especiales en las piernas para evitar más embolias.  No solo no podía levantarme, sino que además, casi no lograba moverme por tanto aparato en mi cuerpo. Estaba siendo alimentada por suero.  Tenía hambre, y había entendido que aún faltaba mucho para estar bien. 

Una mañana, después de casi dos semanas en la unidad de cuidados intensivos, vino a verme un nuevo doctor.  Se presentó como mi ‘Doctor House’.  -Hola, dijo.  Soy su doctor House.  Sonrió y añadió: -Soy medico hematólogo.  Debo ser muy honesto con usted.  Ha tenido todas las complicaciones posibles.  ¡Es muy impresionante verla aun sonriendo de esa manera!  Hemos hecho todo lo que está a nuestro alcance para estabilizarla, pero no ha sido nada fácil.  Su caso es muy particular.  Actualmente tiene un cuadro de hemorragia interna, la cual se controla con un tratamiento de adrenalina que sirve para hacer coagular la sangre, pero al mismo tiempo tiene un cuadro de trombosis, el cual se soluciona con el tratamiento de heparina, el cual hace diluir la sangre.  El problema es que esos dos tratamientos chocan el uno con el otro.  Y, por el momento, no hemos logrado controlar ninguno.  Lo que necesitamos es llegar al punto medio. Hemos reunido a todo el personal médico para discutir sobre su caso y hemos llegado a la misma conclusión: su vida está pendiendo de un hilo, y no sabemos qué más hacer.  Ayer intentamos el último de nuestros recursos, esperando que funcione.  Estamos tratando que su sangre llegue a tener la textura perfecta para detener la hemorragia, y al mismo tiempo deshacer el coagulo en su hígado, pero eso no es fácil.  Así que, por el momento no nos queda nada más que esperar.  Si funciona lo veremos en unas horas, y sino, también.-  Pregunté: -¿Qué pasará si no funciona?- El doctor respondió: -La siguiente opción sería abrirla, para intentar detener la hemorragia de forma manual y quitar el coagulo por medio de la cirugía. Pero, esa intervención es demasiado invasiva.  El riesgo es extremadamente alto, y el tiempo de recuperación es muy largo.  Además, tendría que vivir con graves secuelas permanentes durante toda su vida.  Por eso, abrirla no es la opción que queremos.-  Añadió: -He visto que cree en la religión, pues, este es un buen momento para que le pida al ‘buen Dios’ que la ayude.  Si cree en los milagros, este es el tiempo para pedir por uno.-  Respondí: -Ya Dios lo hizo doctor.  Usted me verá salir de este hospital porque mi Dios ya hizo el milagro.-  Él sonrió y dijo: -¡Eso espero!-  Dije: -Así será.-

Y así fue. En los días que siguieron, poco a poco, el coágulo empezó a desintegrarse, la hemorragia cesó, los glóbulos blancos volvieron a lo normal y por ende, también la densidad de la sangre. Quitaron las botas especiales, y , una tras otra fueron desactivando las máquinas. Las taquicardias disminuyeron y cuándo probamos a pararme de nuevo, no me desvanecí. La anemia se había estabilizado, y había recobrado las fuerzas. Al cabo de dos semanas me transfirieron de nuevo al cuarto piso. Fui monitoreada otra semana y media, hasta que un día, a mediados de noviembre, llegaron a decirme: -Ok, ¡estás lista para salir de aquí!- Ese se volvió en uno de los días más felices de mi vida.

Hasta hoy, los médicos no logran explicar qué me pasó.  Dicen que en sus libros de medicina aprenden sobre todas las posibles complicaciones seguido a un cuadro de piedras en la vesícula.  Dicen que, rara vez sucede si quiera la colicistitis.  Y que, es aún menos probable ver un caso en el que se desarrollen todas las demás complicaciones, como fue mi caso.  Los doctores y especialistas que leen mi expediente, en primer lugar, no entienden por qué yo desarrollé todas las repercusiones, pues según mi historial clínico no había nada que pudiera explicar eso; y en segundo lugar, no entienden cómo sigo viva.  Yo sí lo sé.  Sé que mi vida estuvo siempre en las manos del Señor, y que en su voluntad tenía planeado hacerme pasar por aquella prueba de fe, y me regaló una segunda oportunidad para seguir sirviendole.  Sé que Dios es quién da y quita la vida y sé que Él es el dueño de todo cuanto existe.

Las Secuelas

Tras salir del hospital, los seis o siete siguientes meses tuve una supervisión rigurosa. Debía proseguir con el tratamiento anticoagulante de forma oral, con un medicamento de nombre warfarina o coumadin. Las citas médicas y las tomas de sangre se hacían cada dos semanas, la dieta especial era obligatoria. Debía evitar los alimentos con grasa y muy condimentados. También era recomendable hacer varios pequeños tiempos de comida al día. Antes de pensar en regresar al trabajo, me tocaría esperar minímo tres meses, los cuales dedicaría totalmente a fortalecer mi cuerpo con un tratamiento de hierro. Nada me importaba mientras estuviera de nuevo en casa.

Los médicos habían dicho que quedaría con secuelas permanentes. Expresaron que el páncreas y el hígado estarían atrofiados de por vida. Que a causa de la anemia severa tomaría de 3 a 4 meses para restablecerme. Que el tratamiento para diluir la sangre duraría otros 6 a 7 meses. También pronosticaron que, no solo sería propensa a desarrollar otra embolia hepática, sino que en realidad, la vena bloqueada en mi hígado nunca volvería a estar limpia completamente, en otras palabras, el coágulo nunca llegaría a desintegrarse por completo. Y que, después de todo lo que pasó con mi sangre, la anemia y las transfusiones, sería normal sentirme más agotada y con poca energía. Dejaron muy claro que nada volvería a ser como antes, que me correspondía aceptarlo y aprender a vivir con eso.

Ciertamente, una de las consecuencias con las que vivo desde entonces es el agotamiento físico constante. Nunca más volví a recuperar la energía y la fuerza que tenía antes. Las taquicardias también son parte de mi vida cotidiana. Igualmente, sigo siendo tiendiente a desarollar anemias. Sin embargo, a pesar de los pronosticos medicos, los examenes demostraron que mi hemoglobina y la coagulación regresaron a su estado normal. De la misma, forma, seguido a un scanner abdominal, notaron que la vena porta parece estar totalmente limpia. A pesar de todo, estoy convencida de que el Señor estuvo presente en todo tiempo. Estoy segura de que se mantuvo y sigue estando en control absoluto. Así que, con o sin secuelas, no importa lo que venga, mi alma alaba al Señor.

El Aprendizaje

Retrocediendo al 18 de septiembre del 2015, la primera noche que pasé sola en aquella habitación de hospital, después de la primera cirugía. 
La hora de visitas había terminado.  Mi familia se había ido y había quedado sola.  Se esperaba que, posteriormente a la intervención, yo tendría que ir mejorando, pero fue todo lo contario. Me seguía sintiendo muy enferma y débil.  Empecé a tener una crisis de ansiedad.  El miedo y la angustia quisieron inundar mi corazón.  Fue una dura lucha interna.  Pelear contra los pensamientos y contra las emociones destructivas es bien dificil.  He enseñado por años, a niños y adultos, a no dejarse dominar por las emociones, sea cual sea.  Unos meses antes, había compartido con las hermanas de la iglesia sobre la actitud que Dios espera de sus hijos cuando llegan las pruebas.  Ese era el día en el que debía poner en práctica la teoría que tanto había enseñado.  Es fácil decirlo y aconsejarlo, pero ¡qué duro es ponerlo en acción en el momento de la crisis!  La Palabra del Señor lo llama: Dominio Propio.  Es la capacidad de gobernar, y de encauzar las emociones y los pensamientos, conforme a la verdad de la Palabra.  Era el momento de aplicar lo que tantas veces había predicado.  Así que, ahí, sola, aquella noche, con mucho miedo a lo desconocido, sintiéndome morir, agobiada por la incertidumbre y estando completamente impotente y frágil, en aquel cuarto de hospital, cerré mis ojos y empecé a clamar.  Lloré, oré, alabé y leí la Palabra por horas.  Aquí te dejo algunos de los tantos pasajes que fortalecieron mi fe en ese momento: Filipenses 4.6-7; Juan 14.13-14; Salmos 5.3; 1 Juan 4.18, 5.14-15; Romanos 8.29-27, 12.2; Efesios 3.20-21, 6.18; Hebreos 4.16.  Pasaron quizá unas tres horas de corrido, hasta que logré quedarme profundamente dormida, en paz, con gozo, y con el corazón lleno de confianza y gratitud hacia mi Señor.  A la mañana siguiente desperté renovada, débil físicamente, pero fortalecida en el Espíritu.  Había entendido que el Señor estaba verificando cuál sería la actitud de mi corazón al hacerme pasar por el valle de sombra y muerte.  Él quería ver en quién pondría mi esperanza.  ¿A quién acudiría?  ¿Cuál sería mi reacción hacia Él?  Ese era el examen, y yo debía probar que conocía la respuesta.  Yo quería mantenerme firme y no flaquear en mi fe.  Pero para eso debía guerrear todos los días contra mis pensamientos nocivos y las emociones abrumadoras.

Recuerdo perfectamente el domingo 4 de octubre del 2015.  Llevaba cinco días con la dieta líquida a causa de la pancreatitis provocada tras la primera endoscopía.  Me estaba afectando mucho.  Tenía mucha hambre y estaba repercutiendo en mi estado de ánimo.  Ese día experimenté uno de los peores ataques de hambre que jamás imaginé.  Quería comer mis comidas preferidas, salivaba pensando en todo lo que se me antojaba.  Tenía un enorme vacío en el estómago.  Todo el día estuve malhumorada, con una actitud de capricho y disgusto, gruñona, protestando y con deseos de pelear con todo el mundo.  Me di cuenta de que no estaba bien, y eso me hizo sentir muy avergonzada.  Clamé al Señor implorando su perdón y ayuda.  Le suplique que Él fuera mi sustento, mi alimento y mi fuerza.  Le dije que aún en medio del hambre, del dolor y de la debilidad, mi alma quería alabarlo y agradecerle por todo lo bueno que me daba.  Quería de todo corazón ver lo positivo en medio de cada circunstancia.  Estaba muy consciente de que podría estar mucho peor.  Así que, quería ser agradecida en todo tiempo.  Hice la promesa de no quejarme más y enfocarme solo en lo bueno.  Decidí cambiar mi actitud y empecé a nombrar todo lo positivo.  Si me pinchaban 7 veces, decía que al menos no habían sido 8.  Ciertamente tenía una embolia hepática, pero podría haber sido una pulmonar, que era mucho peor.  Estaba pasando mucha hambre, pero al menos no tenía el fuerte dolor.  Reformatear la forma de enfrentar los pequeños obstáculos me ayudó para mantener el corazón agradecido. 

En la mañana del 5 de octubre del 2015, un día después de mi ‘crisis de hambre’, pasó el doctor a verme y dijo: -Ok! Ya estuvo bueno de la dieta líquida.  Puedes empezar a comer sólido de nuevo-.  ¡Estaba tan feliz!  Pude comer sólido todo ese lunes.  Comí hasta saciarme, ¡y muy bien!  Por primera vez en una semana no hubo dolor después de comer, ni en el desayuno, ni para el almuerzo, ni en la cena.  Además, después de haber pasado durmiendo sentada, porfin pude acostarme casi completamente horizontal, ¡sin nada de dolor!  Mi corazón estaba rebosando de gozo y gratitud. 
El martes 6 de octubre, después del desayuno, vino a verme una enfermera y dijo: -¡Ok! A partir de este momento estás de nuevo en ayuno, porque mañana será tu tercera intervención.-  Se refería a la segunda endoscocopía. Recuerdo que mi reacción espontánea fue soltar una gran carcajada.  Le dije al Señor: -muchas gracias papito, porque justo antes de volver a ponerme en ayuno, me permitiste comer hasta saciarme, dormir como una bebé y recobrar fuerzas.  ¡Bendito sea tu Santo Nombre!- 

Tenía mucho tiempo libre, así que necesitaba ocuparme en algo productivo.  Entonces, empecé a releer los Salmos.  La Palabra llenó mi mente, y como una consecuencia natural, mi corazón recobró ánimo, fe y fortaleza.  Comencé a extraer preciosos pasajes de alabanza y de confianza en Dios.  Con la escrituras enfrenté el miedo, la angustia y los malos pensamientos que querían derribarme.  Desde ese momento, cada nuevo día era una nueva batalla.  Debía estar alerta y muy consciente de lo que dejaba entrar en mi mente y corazón.  Era una lucha constante.  Ahora, después de toda esa experiencia, puedo decir con certeza que no hay otra forma, no existe otra manera de vencer la tristeza, la angustia, el miedo y cualquier otra emoción que agobie el espíritu humano.  Si estás en una prueba similar a la que yo viví, te motivo a orar sin cesar, alabar a Dios con gratitud de corazón y meditar en la Palabra de verdad.  Pide al Señor que aumente tu fe y te aseguro que experimentaras la paz y la fortaleza que solo Él puede dar.  Eso sí, debes estar dispuesto a luchar en contra de tus pensamientos negativos y de las emociones engañosas.

En aquel tiempo, mi esposo y yo nos estábamos preparando para irnos a servir al Señor a tiempo completo a otro país.  El plan era dejar Canadá en el 2016. Sería un paso de fe, pues, para responder al llamado que el Señor nos estaba haciendo teníamos que dejarlo todo, literalmente todo.  Aquella prueba un año antes me estaba preparando para lo que vendría en la vida ministerial que nos esperaba.  Debía aprender, no solo a vivir por fe, sino a soltar todo lo que consideraba de valor para mí, empezando por mi propia vida.  Debía aprender a hacer de Dios mi primera solución, frente a cualquier circunstancia y adversidad.  Muchas veces El Señor es nuestra última opción en la lista de soluciones, después de intentar arreglar las crisis por nuestros propios medios y fuerzas.  Eso no era lo que Dios esperaba de mí.  Lo que yo tenía que aprender era a poner en practica que, en medio de la tribulación debía buscarlo primeramente a Él, antes que a nada y que a nadie.  También debía aprender a cuidar mi corazón del miedo y de la angustia, a guardar mis palabras del rezongue y de la ingratitud, a alejar de mi mente los pensamientos negativos, y a vigilar que mis acciones y reacciones fueran un reflejo de su amor, de dominio propio y de templanza.  Debía aprender a aceptar que El Señor es el dueño, y que, si da, es bueno, y si quita, permanece bueno.  En nuestro tiempo de ministerio a tiempo completo tuve la sensación de perder mucho.  Bienes materiales, tiempo que pude haber invertido para desarrollo personal y profesional, fuerza, energía y bienes de mucho valor sentimental.  Cada perdida representó un duelo.  Pero en esos momentos recordé dos cosas:  1- que no hay nada más gratificante que servir al Señor, y 2- que Él es el dueño.  Entonces, si da, es bueno, y si quita, aun así, sigue siendo bueno. 

Si estás pasando por una prueba de salud tan fuerte que te sientes en el valle de sombra y muerte, y sabes que tu vida está pendiendo de un hilo, te animo a que te aferres del Señor.  Ora, Alaba, lee y recita Su Palabra. Te recomiendo los Salmos, y todo pasaje que te ayude a fortalecer la fe y a perseverar en la oración.  A mí me sirvió mucho.  Ese es el antídoto.  Esa es la única solución a todo lo que te traiga miedo, angustia o aflicción.  Es así como podrás pasar el examen.  Después de todo el proceso que viví, puedo confirmar que el Señor es bueno y que para siempre es su misericordia.  Aunque nos veamos de frente a la muerte, no debemos temer, porque nuestra vida es de Cristo.  De por sí, al final de cuentas, como dice el apóstol Pablo, no hay nada mejor que estar en la presencia del Señor porque ‘el morir es ganancia’.  Así que, afiánzate del Señor y no te sueltes.  Confía en Él ciegamente, sea lo que sea y venga lo que venga.  Aunque no tengas lo que desees, mantén un corazón agradecido.  Acepta la voluntad de Dios, con sumisión y contentamiento, reconociendo que Él es el dueño y en su Soberanía hace lo que quiere, con quien quiere, cuando quiere.  Somos suyos.  Él es nuestro hacedor y nosotros solo sus criaturas.  Esa verdad tendría que ser suficiente argumento para decidir depositar toda nuestra existencia en Sus manos.

Estuve hospitalizada durante dos meses.  El Señor me levantó de la muerte.  El me sanó.  Juntamente con la prueba me dió la capacidad y la fortaleza para pasar a través de ella.  Pude experimentar su gran amor, demostrado en primer lugar, a través de mi familia.  Nunca podré olvidar los sacrificios que hicieron para cuidarme.  Faltar a días de trabajo, gastarse días de vacaciones, desvelarse por atenderme, ir a trabajar totalmente trasnochados y dormir en el piso, o en un incomodo y frío sillón de hospital.  Creo que, sin mi esposo, hermana y mamá no lo hubiera logrado.  En segundo lugar, comprobé Su amor por medio de un ejército de guerreros intercesores que estuvieron sosteniéndome durante todo ese tiempo, clamando junto conmigo, para que el Señor mostrara su gloria en mi vida.  Fui fortalecida por medio de visitas, llamadas, mensajes de texto y audios.  Muchos hermanos de fe, en diferentes países, pendientes de mi progreso, oraban, ayunaban, llamaban y preguntaban constantemente.  Que hermoso es tener una gran familia en la fe.  Doy gracias infinitas al Señor por darme una nueva oportunidad de vivir.  Me hizo pasar al borde de la muerte para glorificarse en mi cuerpo.  Me dio una segunda oportunidad para seguir sirviéndolo y para dar testimonio de su obra en mí.  Por eso lo alabo y digo por siempre: ¡Que a su nombre sea dada toda la gloria!

Si me sirve a mí, quizá también a ti.
Hasta la próxima. 

2 respuestas a “El valle de sombra y muerte – Mi testimonio, parte 2.”

  1. extraordinario testimonio de amor y misericordia hijita amada. Dios es Bueno.

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  2. Qué bendición leerte Joa, tu testimonio trae aprendizajes a mi vida.

    ¡El Señor es bueno todo el tiempo!

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