Números 12.1-8
La mayoría conoce la historia en dónde, por medio del poder de Dios, el profeta Moisés dividió el mar rojo. Pero seguramente pocos recuerdan aspectos más personales de la vida de este hombre como el que narra el capítulo 12 del libro de Números. Ahí encontramos un relato asombroso que nos revela una verdad impactante sobre quién era Moisés para Dios y las palabras con las que el mismo Señor describe la relación que tenía con su siervo.
El capítulo inicia contando que Moisés tenía una esposa originaria de Cus, es decir que era de Etiopia. A causa del origen de la esposa, Aarón y Miriam ‘murmuraron’ en contra del profeta. Recordemos que Aaron y Miriam eran hermanos de sangre con Moisés.
La palabra ‘murmurar’ utilizada en el idioma original es ‘dâbar’. El termino significa hablar en mal o en contra de otra persona. El sentido sugiere que no se limitaron a hacer sus criticas solo entre ellos, sino que involucraron a más personas. Las murmuraciones podrían haber sido porque “había un motivo histórico por el cual los judíos no querían a los cusitas” [Jamiesson-Fausset-Brown]. Pero cual fuera la causa, era inaceptable.
En primer lugar, no tenían porqué ‘no querer’ a la esposa del profeta, pues el mandamiento era ‘amaras a tu projimo como a tí mismo’. En segundo lugar, no tenían porqué ‘chismear’ en contra de su líder pues, si había alguna inconformidad, podrían haberlo hablado de frente, directamente con su hermano, o mejor aún, solo con Dios, nada más. Y en tercer lugar, aún teniendo razones sociopoliticas para quejarse, era totalmente incorrecto y de mal ejemplo que a estas alturas estuvieran reclamando por el origen de la esposa con la cual Moisés llevaba ya tiempo de casado. (Ex.2.16, 20-22).
Exódo 2 y Números 10.29-32 son dos pruebas contundentes de que Sefora era esposa del profeta desde hacía rato. El v.29 de Números 10 dice: «Entonces Moisés dijo al madianita Hobab, hijo de Reuel, que era su suegro«. Ese ‘Reuel’ padre de Hobab en Números 10, es el mismo mencionado en Exódo 2 como papá de Sefora. Es decir que, Hobab era hermano de Sefora y cuñado de Moisés; y Reuel era papá tanto de Sefora como de Hobab, y suegro de Moisés. El parentezco es claro. De manera que, nuevamente, no era nuevo ni para Miriam ni para Aarón lo del origen madianita-cusita-etiope de la esposa del profeta.
Pero no solo se quejaron por el origen de Sefora, sino que además apuntaron al liderazgo y a la autoridad que Dios había otorgado a su hermano: “Decían: «¿Acaso solo por medio de Moisés ha hablado el Señor? ¿No ha hablado también por medio de nosotros?»” Núm.12.2. Lo que estaban haciendo era cuestionar el rol de Moisés entre el pueblo. Era una actitud de celos y envidia ministerial. Te explico. Resulta que en el capítulo 11, el profeta expresó sentirse incapaz de seguir liderando solo a los israelitas. Así que pidio ayuda a Dios. El Señor le concedió el derecho de escoger 70 ancianos y oficiales de entre el pueblo, para que lo ayudaran el la tarea. Según algunos comentaristas, Miriam y Aarón se disgustaron porque Dios le otorgó total autoridad a su hermano para tal decisión y no los tomó en cuenta ellos. Por esta razón, ambos “consideraban la autoridad exclusiva de Moisés como una intrusión sobre los derechos de ellos (Miqueas 6.4)” [Comentario Jamieson-Fausset-Brown].
Es dificil entender su análisis pues, ellos también habían sido delegados de autoridad para ministrar al pueblo. “Miriam era también una profetisa que, tocando el tambor, dirigía el canto de las mujeres y enardecía a las tribus de Israel (Ex.15.20). Aarón era el sacerdote que consultaba a Yahvé por el urim y el tummim Ex.4.15-16)” [Biblia Comentada – Profesores de Salamanca]. La pregunta que surge es: ¿qué estaban reclamando? o quizá sería ¿porqué? Es claro que la inconformidad venía de su interior. Había una actitud maligna en la intención de su corazón, y Dios lo vió.
Aarón y Miriam actuaron muy mal, como necios e insensatos, no solo al criticar a la esposa del líder y reclamar por una tontería insignificante que no tenía ninguna relevancia para Dios, sino también por ponerse a ‘pelear’ por ‘puestos’ y ‘roles’ y ‘nombramientos’ que no les fueron delegados a ellos. Muy mal. No era justificable tal comportamiento. Menos en el caso de ellos quienes también eran líderes espirituales reconocidos entre la nación.
Era tal su ceguera que no tuvieron la capacidad de entender que al murmurar en contra de Moisés estaban directamente atacando a Dios, pues, fue Él quien había dado toda autoridad al profeta.
Es perjudicial pelear la autoridad que ha sido delegada por Dios a un líder. Entre los ministros no tendría que haber rivalidad, envidia, celos, y menos murmuraciones los unos contra los otros.
Lo impresionante del relato es que no fue Moisés quién reaccionó. No fue el profeta quién buscó a Dios indignado, ni pidió justicia para sí mismo. Tampoco dice que él hubiera estado planeando hacer algo al respecto, o buscando aclarar la situación por sus propios medios, o defenderse, o pelear, o pedirle al Señor que saliera en su defensa. La Biblia dice que fue “el Señor” quién “oyó las murmuraciones”. Es más, lo único que el texto revela sobre el profeta es algo asombroso sobre su carácter. Dice: “Moisés era muy humilde, más humilde que cualquier otro sobre la tierra.”
La palabra ‘humilde’ en el idioma original es ‘anáv’. Este vocablo “se encuentra casi exclusivamente en la literatura poética y describe el resultado que Dios desea cuando nos aflige, «humildad». La primera vez que aparece el término, describe tanto la condición objetiva y la actitud subjetiva de Moisés. Entendió que dependía totalmente de Dios: «Y aquel varón Moisés era muy manso, más que todos los hombres que había sobre la tierra» (Num.12:3).” [Diccionario Nuevo Testamento – W.E. VINE]. El profeta sabía que no podía confiar en nadie más que en el Dios de su salvación (Lee: Ex.14.13; 32.12-13; Deut.9.18). Esa dependencia y confianza total en el Señor hacía de él el hombre más humilde en toda la tierra.
El termino también sugiere que Moisés era manso de carácter y apacible. “Se habrá hecho esta observación para explicar que Moisés no hizo caso de los irritantes reproches, y porqué Dios intervino tan rápidamente para la vindicación de la causa de su siervo. Se registra un elogio sobre una excelencia del propio carácter de Moisés.” [Comentario Jamieson-Fausset-Brown].
Sin lugar a dudas a Dios le agradaba mucho esta cualidad en su siervo. Sabemos que es una virtud que nos es requerida a todos los que decimos ser hijos de Dios: “que sean humildes y mansos, y tolerantes y pacientes unos con otros, en amor.” (Ef. 4.2). Pero una cosa es saber teoricamente que debemos ser humildes, y otra muy distinta es serlo de corazón, como era el caso de Moisés.
El texto narra que el Señor escuchó las murmuraciones y confrontó a Miriam y Aarón:
“De pronto, el Señor dijo a Moisés, Aarón y a Miriam: «Salgan los tres de la Tienda de reunión». Y los tres salieron. Entonces el Señor descendió en una columna de nube y se detuvo a la entrada de la Tienda. Llamó a Aarón y a Miriam y, cuando ambos se acercaron, el Señor dijo: «Escuchen lo que voy a decirles: Cuando un profeta del Señor se levanta entre ustedes, yo le hablo en visiones y me revelo a él en sueños. Pero esto no ocurre así con mi siervo Moisés, porque en toda mi casa él es de mi confianza. Con él hablo cara a cara, claramente y sin enigmas. Él contempla la imagen del Señor. ¿Cómo no tienen miedo de murmurar contra mi siervo Moisés?»” (v.4-8)
La relación que Dios describe entre Él y el profeta es de extrema cercanía y confianza. Eran amigos. Es comprensible que la murmuración de Miriam y Aaron le desagradara tanto. Para Jehová, Moisés no solo era el hombre más humilde sobre la tierra, sino que también era digno de su entera confianza. Dice que hablaba con él cara a cara, no por visiones, ni sueños, ni por parábolas. La RVC lo traduce “sino que con él hablo cara a cara, claramente y sin misterios. Él puede ver mi apariencia.” Moisés no podía ver directamente al Señor, pues nadie puede hacerlo, pero sí, Dios le permitía ver alguna evidencia de su gloriosa presencia. Era un vínculo único. Por eso el Señor reaccionó tan radicalmente al defender a su siervo, poniendo un alto a los murmuradores.
Solamente el hombre más humilde sobre la tierra y que hablaba cara a cara con el Señor podía contar con ese respaldo tan impresionante.
De Números 12.1-8 aprendemos que:
- La murmuración es muy peligrosa y desagradable ante los ojos del Señor.
- Los celos y la envidia ministerial son reales y muy dañinos.
- A Dios le agradan los corazones mansos, humildes, dependientes y confiados solamente en Su Poder.
- El Señor defiende a aquellos que considera dignos de su confianza y que mantienen una estrecha relación con El.
- El nivel de cercanía y transparencia en nuestra relación con Dios se evidenciará en nuestras reacciones.
Termino diciendo que, Si me sirve a mí, quizá también a ti.
Hasta la próxima.

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