¿Alguna vez has escuchado la frase: ‘Es que no sé cómo orar’? Yo sí, muchas veces.
La verdad es que orar es muy sencillo. En la Biblia encontramos muchos ejemplos de oraciones. Orar es hablar con Dios. Es como tener una conversación con cualquier otra persona, pues, aunque no lo veamos, Dios siempre está ahí. Mira el ejemplo de oración que nos deja el administrador de Abraham, en el capítulo 24 del libro de Genesis.
En el contexto de estos versículos, Abraham está enviando a su criado a buscar una esposa para su hijo Isaac. El criado emprendió el viaje, y del v.12 al 14 vemos que, al llegar al lugar, antes de proceder a cualquier acción concreta, este hombre oró al Señor, pidiendo dirección y guía. La oración presenta un monologo sencillo, claro y con muchos detalles. El hace una petición muy puntual e importante antes de tomar una decisión crucial y delicada.
Más adelante, la historia narra que el Señor respondió a la petición de aquel hombre, tal y como había sido pedida. En los versículos 27-28 vemos que luego de confirmar la respuesta de Dios, inmediatamente se postró, agradeció y alabó al Señor. Notemos que su actitud de gratitud y alabanza fue inmediata. Luego, del verso 33 hasta el 49, el hombre se dedica a compartir en detalle el testimonio de todo lo ocurrido, testificando de esta manera cómo el Señor, Dios Todopoderoso, estuvo guiando y confirmando ese encuentro, así como cada una de las acciones manifestadas.
¿Qué aprendemos de todo esto?
- Orar es hablar con Dios. Es tan sencillo como hablar con cualquier otra persona.
- Antes de tomar cualquier decisión en nuestra vida, pidamos la dirección y la confirmación del Señor, con lujo de detalles; para asegurarnos de dar pasos que sean avalados y respaldados por Dios.
- Cuando recibamos respuestas del Señor, sean ‘si’, ‘no’, o ‘en espera’; recordemos siempre de agradecerle inmediatamente, alabando y glorificando su nombre.
- Asegurémonos de siempre testificar públicamente las peticiones que el Señor nos ha contestado, y los procesos. Esto no solo nos bendice a nosotros mismos, sino también a los demás, y además, lo más importante es que exalta y enaltece el nombre de Dios.
Aprendí que si me sirve a mí, quizá también a ti.
Hasta la próxima.

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