¿Por qué no tenemos hijos? – Mi testimonio, parte 1

A corazón abierto, en esta ocasión quisiera compartir una parte de mi de vida, la cual, por mucho tiempo ha sido de caracter privado. Sin embargo, desde hace algunos años ha llegado a transformarse en un testimonio poderoso de lo que el Señor ha hecho en mí.

Todo comenzó el 12 de octubre del 2007, día de mi boda. Contraje matrimonio con el amor de mi vida. Apróximadamente unos tres años después, empezamos a intentar ‘agrandar la familia’. Tratamos por un año, sin resultados, entonces decidimos consultar con un médico.

El proceso de estudios clínicos duró como un año. Ambos fuimos sometidos a un montón de exámenes y análisis. Por fin llegó el día en que nos entregarían el tan esperado diagnóstico. Los resultados demostraron que ambos tenemos anomalías las cuáles nos hacen categóricamente: infértiles.

Nos ofrecieron un solo tratamiento posible para nuestro caso, pero, la probabilidad de que funcionara era de un 10%. Nos explicaron en qué consistía el procedimiento. De inmediato supimos que chocaba radicalmente con nuestros valores bíblicos, éticos y morales, de manera que, por esa razón decidimos rechazar la propuesta.

El duelo

La noticia fue devastadora. El doctor fue muy directo y cero empático. Sin rodeos nos lanzó aquel crudo diagnostico. La dura realidad de aquella noticia cayó con el peso de una fuerte ola sobre mi alma, revolcandome y ahogandome en mis pensamientos solitarios. Parecio como si, en ese instante, mi mundo se detuvo completamente por unos segundos. No recuerdo mucho de ese momento, ni de ese día, mi corazón y mente habían quedo en neutro. Pero algo que sí mantengo muy presente en mi memoria es la frase que inundó mis pensamientos desde aquel día, y se repetía vez tras vez como un disco rayado torturando todo mi ser: -nunca seré mamá, nunca podré experimentar la dicha de llevar un bebé en mi vientre.- Y ahí empezó mi duelo.

De niña, me encantaba jugar a ser mamá. Vestía y desvestía mis muñecas y peluches. Les daba lechita, los sacaba a pasear y hasta los corregía! También amaba jugar a ser maestra. Siempre me gustaron los niños. Más tarde, en mi pre-adolescencia, la predilección por los pequeños seguía presente. En la iglesia empecé a trabajar en el ministerio infantil, primero en la clase cuna, luego con los preescolares. Más adelante tuve la dicha de colaborar en las escuelas bíblicas de vacaciones. Siempre que había niños yo estaba rodeada de ellos. Mi pasión siempre ha sido la niñez.

Al llegar a la juventud, me mantuve muy activa en el trabajo infantil, dentro y fuera de la iglesia. En el ministerio, amaba preparar material didáctico para las enseñanzas que impartiría, y me deleitaba creando manualidades y actividades para reforzar el aprendizaje de los chicos. Una de las experiencias que más disfrutaba del trabajo infantil, dentro de la iglesia, era presentar el plan de salvación. En mi corazón anhelaba un día tener la dicha de contar la historia de Jesús a mis propios hijos. Soñaba con verlos entregar sus vidas a Cristo conmigo, con nosotros.

En concordancia con mi pasión y vocación, decidí dirigir mi vida profesional en el área de la educación a la infancia. Me gradué en Educación Preescolar, y unos años más tarde también obtuve mi diploma en Educación Especial. He trabajado por más de 25 años en el área de la primera infancia. Recuerdo que, cuándo nos dieron el diagnóstico de infertilidad, estaba trabajando con una compañera musulmana que me decía que ya no quería tener más hijos. En aquel momento ya tenía tres. Un cuarto, decía, sería un caos para toda la familia. Resulta que, una semana después de recibir nuestro resultado, ella anunció que estaba embarazada de su cuarto hijo. También tenía otra compañera, de las más jóvenes del centro educativo. Ella fumaba marijuana y tabaco cómo una chimenea. Vivía con su novio y era conocida por mantener una vida de fiestas y parrandas. Pues sí, ella también anunció su embarazo la misma semana que la musulmana. Un tiempo despúes, una jóven de la iglesia resultó estar embarazada de su prometido a poco menos de un año de su boda. Tuvieron que correr y adelantar la boda a causa de la noticia. En otra ocasión, un domingo de camino a la iglesia, me tope con una mujer de la calle, claramente toxicomana. Caminaba lentamente y con mucha dificultad para mantener el equilibrio a causa de las sustancias que había consumido. Sucia, con muy poca ropa, despeinada, muy delgada y llena de heridas en los brazos, venía tambaleandose por la acera. Soy muy observadora, así que noté todos esos detalles en fracciones de segundos. Pero el impacto fue devastador al ver su enorme vientre descubierto, a punto de dar a luz. Mi mirada, mi aliento y todo mi ser se congeló al darme cuenta que aquella mujer de la calle, una drogadicta sin hogar, estaba esperando un bebé. Todo aquello era para mí como hechar alcohol o limón en una herida abierta. Dolía mucho y creaba mucha resistencia en mi corazón.

Por muchos años guardé resentimiento y enojo en contra de mi Dios. Con una actitud de irrespetuosidad y mucha arrogancia le reclamaba por preferir dar hijos a personas que no lo seguían. Mi argumento era: ¿qué sería de aquellos niños? ¿cómo sería su infancia? ¿qué probabilidades tendrían para conocerle si crecian en esos contextos? Yo, que deseaba tener hijos propios para presentarles el evangelio de salvación. Yo, que había dejado todo por servir a Jesús y por atender a su llamado. A mí, que era su hija, parte de su rebaño y oveja de su prado, no me daba la dicha de tener un solo hijo. Yo, que había ido a un seminario a prepararme para dedicarme al ministerio a tiempo completo. Que había dicho ‘sí’ al llamado, sin titubear. Yo, que dejé el país dónde vivía segura, dejé a mi familia y mi carrera universitaria en aquel entonces. Lo dejé todo por Él. Lo único que anhelaba, y le pedía, era que me regalara la oportunidad, la dicha y la experiencia de ser mamá. Pero, el tiempo pasaba y mi petición no era contestada, entonces pensaba: ‘que injusto, a Dios no se le da la gana conceder mi deseo. Como si el Señor, Dios Todopoderoso, tuviera la obligación de otorgarme todos mi antojos unicamente porque yo me creía ‘digna’. Todo lo que salía de mi corazón era amargura, desacato y rebeldía en contra de mi Señor. Es claro que estaba totalmente enfocada en los deseos de mi corazón egoista y pecaminoso. Obsesionada por lo que yo creía mejor para mi vida, y completamente desenfocada de mi lugar ante el Gran Creador. Ni siquiera pensaba en preguntarle cuáles eran sus planes para mí. No me daba cuenta que estaba ciega, y eso me hacía comportarme como una niña necia, malcriada y berrinchuda.

Arrepentimiento

Pasaron años. Yo creía que estaba bien, pero no era así. Quise engañarme a mí misma y a quienes me rodeaban con una falsa actitud de conformidad a la voluntad del Señor. La realidad era que, la idea de nunca poder tener hijos me exasperaba y me consumía internamente. No solo lo seguía deseando, sino que esperaba un milagro. Entendía que Dios es quién da y quita la vida. Comprendía que si Él quería, podía conceder el deseo de mi corazón. Estaba consciente del Poder del Señor para obrar milagros. El problema era que yo quería que se hiciera mi voluntad, sin pensar en lo que Él quería para mí según Su perfecto plan. Muchas veces oré diciendo: solo di la Palabra Señor, esperando de todo corazón, y confiando en que el Señor podía hacer que el siguiente siclo menstrual no llegara. Pero no fue así.

Uno de los motivos por los cuales mantuve viva la esperanza por más tiempo fue porque, en varias ocasiones, personas bien intencionadas, me animaban a seguir creyendo en que ‘mi bebé llegaría’. Eso me llenaba de ilusión y hacia que me siguiera aferrando al tan añorado sueño. El gran estancamiento para la sanidad de mi alma radicaba en que yo estaba siendo notoriamente incapaz de aceptar que ese Poderoso y amoroso Dios, simplemente no quería responder con un ‘si’ a mi petición. Me era imposible reconocer que la voluntad del Señor para mí era no darme hijos.

Perdí la cuenta de las pruebas de embarazo que me realice. Sola, en aquel pequeño baño, esperaba ver aparecer ‘las dos rayitas’, imaginando cómo le daría la sorpresa a mi esposo. Pero ese día nunca llegó.

Cada intento fallido era cómo un puñal directo al corazón. Lloré tantas veces amargamente. Oré por tanto tiempo, por tantos años. Hubo personas que me soñaron embarazada, otras que me vieron en visiones. Siempre me decían que sería una niña. Y yo seguía ‘esperando’ el día en que mi milagro llegaría. Pero, mientras esperaba, mi corazón guardaba enojo y amargura en contra del Señor. Mis palabras se conviertieron en serias expresiones de orgullo y arrogancia, expresadas con el más profundo irrespeto y disconformidad que se puede imaginar. Creía que yo ‘era mejor’ y ‘más justa’ que aquellas mujeres a las cuales yo categorizaba como ‘no merecedoras’ del favor de Dios. Creía que yo sí lo merecía, por muchas razones, y me atrevía a reclamarle con el más alto grado de irreverencia del cual aún me avergüenzo y arrepiento.

Un día, conversando con mi esposo sobre el profeta Ezequiel, le daba mi opinión sobre la parte en la que Dios decide quitarle a la esposa (Ezequiel 24.15-27). Recuerdo perfectamente que dije: -¡qué injusto es Dios! Ezequiel hizo todo lo que el Señor le pidió. Lo obedeció en todo. Dios sabía cuanto el profeta amaba a su esposa. ¡Y va y se la quita! Pero no solo eso, para colmo le prohíbe llorarla y hacer duelo por ella. ¡No entiendo! Es realmente tan injusto.- Nunca podré olvidar la reacción de mi esposo. Él me miró fijamente con una mirada de profunda tristeza. Sus ojos se llenaron de agua, y con mucha dificultad para retener sus lágrimas me dijo: –Bella, ten cuidado con lo que dices. El Señor es Soberano. Él puede hacer lo que quiera con sus hijos. Él es el dueño, y nosotros solo somos sus servidores. Él hace lo que quiere, cuándo quiere, con quién quiere y cómo quiere, simple y sencillamente porque Él es Dios. Nosotros no tenemos nada que reclamar ni que argumentar. Nosotros no tenemos derecho de exigirle nada. Lo que Él decide y hace siempre es lo mejor. Ten mucho cuidado con tus Palabras.-

En ese momento sentí como si una venda calló de mis ojos espirituales. Fue como si había permanecido en un coma espiritual por años y en ese preciso instante, al escuchar aquellas hermosas palabras exhortativas, llenas de profundo amor y verdad, volvía a despertar. Tomé consciencia de mi pecado y de la amargura que había estado acarreando. Me dí cuenta de la osadía e insolencia que había demostrado al reclamarle al Señor por lo que no debía. Sentí mucha vergüenza. Empecé a recordar cada frase, cada palabra, cada pensamiento que había tenido en contra de mi Señor durante todos esos años y me sentí muy desconcertada por mi tan mal actuar.

Ese día inicié un proceso de sanidad interior. Me sentía indigna delante del Señor. No quería orar porque me sentía reprobada y desmerecedora. No podía dejar de recordar aquellas frases que había pronunciado, o los pensamientos que había tenido. Sabía que debía tener mucho cuidado porque, alejarme y dejar de hablar con el Señor no era la solución, más bien, de hacerlo, se convertiría en un problema mayor para mi vida espiritual. Pero me sentía demasiado turbada por la falta que había cometido. Sin embargo, siguiendo el consejo de mi esposo, llegué ante la presencia del Señor con todo y mi vergüenza. Le pedí perdón, y por meses no hacía nada más que llorar y volver a pedir perdón. Sabía que Él ya me había perdonado, pero debía perdonarme también yo misma. Pasé muchos meses en oración continua, rogando sin cesar para ser sanada de todo sentimiento de culpa. Fue un tiempo muy intenso. Hasta que por fin, llegó el día en el que fui totalmente libre del remordimiento, de la amargura y también del duelo en el que había estado sumergida por todos aquellos años. Fue un proceso largo, intenso y lento. La clave del éxito fue perseverar en la oración (Col. 4.2) y orar sin cesar con gratitud en el corazón (1 Tes. 5.17-18).

La aceptación

Empecé a entender muchas cosas. Pude ver con claridad los procesos por los que el Señor me había hecho pasar, y entendí cuáles habían sido sus propósitos. Me di cuenta de que tener fe en Jesús no es sinónimo de obtener todo lo que queremos. Pude ver que la voluntad del Señor sigue siendo buena aún cuándo Él dice ‘no’. Acepté que su plan para nosotros era distinto al que yo deseaba. Dejé de quejarme y de reclamar. Dejé de ‘aferrarme’ a los sueños y visiones de aquellas personas que también deseaban que fuera mamá. Empecé a enfocar mis pensamientos en la Soberanía de mi Dios y a disfrutar de las ventajas que tengo al no tener hijos. Una de las realidades que pude entender fue que, de haber tenido descendencia, es muy probable que no habríamos aceptado el reto del llamado al ministerio a tiempo completo con la misma prontitud con la que lo hicimos. Nuestro ministerio ha sido prácticamente nómada. Hemos tenido que viajar mucho y movernos de país y de ciudad en varias ocasiones. Repetidas veces hemos tenido que vender o regalar nuestros muebles y demás bienes materiales para irnos al nuevo lugar donde el Señor nos manda. Nuestra ‘vivienda’ ha sido completamente inestable. Al considerar esto con detenimiento, llegamos a la conclusión de que, teniendo hijos, no hubiéramos estado dispuestos a ponerlos en esas incomodidades. Es muy probable que ellos habrían tenido la prioridad en nuestras decisiones de vida ministerial. Ahora estaba siendo consiciente de muchas verdades, y entonces decidí contentarme con lo que tengo, con lo que el Señor me ha dado, y disfrutarlo, convencida de que es lo que Dios quiere para mí, y por lo tanto, es lo mejor.

Ahora puedo testificar de que, ciertamente, aunque creo en un Dios que es capaz de desafiar todas las probabilidades y las limitaciones humanas, soy consciente de que eso no significa que nos dará todo lo que queremos. Tener fe en Jesús es reconocer que es capaz de hacer posible lo imposible. Pero, no asegura que obtendremos nuestros anhelos humanos más deseados. Creer en Él no es sinónimo de tener al genio de la lámpara maravillosa a nuestra dispocisión. A veces Él dice ‘no’, y, creer en Él significa aceptar esa respuesta con contentamiento y gratitud, convencidos de que sus planes son mejores, así sea la infertilidad. Debemos aprender a permanecer firmes y constantes en la fe, bajo cualquier circunstancia, nos dé hijos o no.

A veces, no ser padres también es la voluntad del Señor. A mí me costó entenderlo, pero ahora que lo sé, vivo feliz porque estoy convencida que esto es lo que Él planeó para mí, y por consecuencia sé que es bueno. Aprendí a vivir contenta con mi realidad. Aprendí a ver la dicha en medio de la infertilidad. Ahora me concentro en lo positivo y en la libertad que vivo al no tener hijos. Disfruto de la vida con mi esposo, sin las preocupaciones que toda familia con hijos enfrentan. Hemos servido al Señor sin restricciones, viajamos, salimos, paseamos y dormimos sin interrupciones, sin tanta planeación ni preocupación. Son ventajas con las cuales aprendí a vivir feliz y agradecida.

Ahora, mi corazón reboza de alegría. Mis palabras y pensamientos dicen: Que al Señor sea toda la gloria, la honra y el honor. Mi alma alaba al Único y Sabio Dios por su perfecta voluntad para mi vida. Soberano y Sublime Dios. Tres veces Santo. Grande en Misericordia. Mi Salvador. Gracias porque su voluntad siempre tiene el proposito de cuidar de nosotros y busca únicamente lo mejor para nuestra vida.

No imiten las conductas ni las costumbres de este mundo, más bien dejen que Dios los transforme en personas nuevas al cambiarles la manera de pensar. Entonces aprenderán a conocer la voluntad de Dios para ustedes, la cual es buena, agradable y perfecta. Romanos 12.2

Hasta la próxima.
Si me sirve a mí, quizá también a ti.

3 respuestas a “¿Por qué no tenemos hijos? – Mi testimonio, parte 1”

  1. Avatar de Estrella Ventura
    Estrella Ventura

    Amén 🙏 Dios es el q nos da todo y aceptar su voluntad aveces no es fácil ! Pero todo lo hace con un propósito 🥰

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  2. […] el testimonio de por qué mi esposo y yo no tenemos hijos. Te dejo el enlace por si quieres leerlo https://joanna-molina.com/2024/07/09/por-que-no-tenemos-hijos-mi-testimonio-parte1/. En esta ocasión, quisiera hacer público, por primera vez, el testimonio de cuando el Señor me […]

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