Acab y Jezabel son dos de los personajes principales en esta historia y, para entender con claridad la rica enseñanza de estos versículos, es muy importante saber quiénes fueron y cuál era su testimonio de vida. Por esa razón, el contexto de esta porción nos obliga a retroceder la lectura empezando desde el capítulo 15. No solo es requerido conocer lo que dice la Biblia, tanto de Acab como de Jezabel, sino también de la situación espiritual en la que se encontraba el pueblo israelita en ese momento. Por eso, para entender completamente el desarrollo de la trama, debemos leer los capítulos 15, 16, 17 y 18 del primer libro de los Reyes de Israel.
Desde el capítulo 15 se presenta un listado de todos los reyes a los cuales se les describe como hombres que hicieron lo malo ante los ojos del Señor. La larga lista avanza de capítulo en capítulo hasta llegar a un rey llamado Omrí, de quien se dice que, no solo hizo lo malo ante los ojos del Señor sino que pecó más que todos los reyes que lo precedieron. Pero, increíblemente, después de Omrí vino otro aún peor, su hijo Acab. La Biblia dice que Acab hizo lo malo ante los ojos del Dios, más que todos los reyes que lo antecedieron, pero agrega que hizo más para provocar la ira del Señor que todos los monarcas que reinaron antes de él (1 Reyes 16.30-33)..
Estando Acab en el trono, el pueblo de Israel le dio la espalda a Dios. Se volvieron idólatras y abandonaron completamente los mandamientos y estatutos que el Señor les había dejado por medio de su siervo Moisés. En consecuencia, cómo método de corrección, Dios mandaría una fuerte prueba a toda la nación judía: un tiempo de sequía indeterminado. Sirviéndose del profeta Elías, dió el siguiente mensaje al rey Acab: “«Tan cierto como que vive el Señor, Dios de Israel, a quien yo sirvo, te aseguro que no habrá rocío ni lluvia en los próximos años, hasta que yo lo ordene».” (1 Reyes 17.1).
La sequía que Elías profetizó, duró tres años. En todo ese tiempo el profeta estuvo escondido por orden del Señor. Durante ese largo proceso se mantuvo a salvo, recibiendo la provisión y la protección de Dios. Mientras vivió oculto, la mano del Señor estuvo constantemente cuidando de él y proveyendo para sus necesidades básicas. La palabra muestra cómo, de forma sobrenatural, a pesar de que en todo el país había mucha hambre a causa del tiempo seco (18.1-2), Dios se encargó de proveer a Elías alimento y agua, y de mantenerlo con vida aún en medio de la persecución que Jezabel, esposa de Acab, había desplegado en contra de todos los profetas de Dios, llegando al punto de exterminarlos casi por completo (17.2-15). Jezabel era hija de “Et Baal, rey de los sidonios” (1 Reyes 16.31). Era una mujer idólatra, defensora acérrima de los dioses paganos y capaz de matar a cualquiera que estuviera en contra de sus creencias y prácticas herejes.
Pasados los tres años, el Señor habló nuevamente a Elías ordenándole que volviera a presentarse ante el rey Acab, incluso pese a la persistente amenaza de Jezabel. Esta vez sería para anunciarle que había llegado el tiempo en que enviaría de nuevo la lluvia sobre la tierra (18.1). Elías debía llevar el mensaje de forma personal. Así que, por segunda ocasión, aun corriendo peligro de muerte el profeta obedeció a la voz del Señor sin titubear. La Palabra dice que “2… Elías se puso en camino para presentarse ante Acab.” El profeta iba sin saber lo que pasaría, pero iba seguro, sabiendo que el propósito de su vida era servir y obedecer al Señor. Lo que Dios estaba a punto de hacer ante los ojos del rey Acab, delante de los profetas paganos y a la vista de todo el pueblo judío era una obra espectacular y maravillosa, así, sin excepción alguna, todos presenciarían el Poder del único y verdadero Dios.
Esta parte de la historia lo encontramos en 1 Reyes 18.7-40. Los versos narran uno de los acontecimientos más impactantes de toda la escritura. El Señor, por medio de Elías, se enfrentó a Acab, a los cuatrocientos cincuenta profetas de Baal, y a los cuatrocientos profetas de la diosa Aserá (18.16-19), desplegando su grandeza y poder ante la vista de todos los israelitas. Ese día, los profetas de Baal y de la diosa Aserá quedaron avergonzados, completamente impotentes e incapaces, ridiculizados ante el Todopoderoso y único Dios de Israel. Frente al pueblo entero el Señor demostró su magnificencia para comprobarles, una vez más, que no hay otro como Él. Al final de esta porción, pasado el espectáculo milagroso, el v.39 dice que “39Cuando vieron esto, todos se postraron y exclamaron: «¡El Señor es Dios! ¡El Señor es Dios!».”
Acto seguido, viene la parte que desarrollaremos en este estudio, la cual se encuentra en 1 Reyes 18.41-45. De estos versículos extraemos valiosas enseñanzas para Cuando Pasamos por Procesos de Espera. Hay momentos en los cuales aguardamos una respuesta por parte del Señor y la espera nos parece dura, agobiante, pesada e interminable. En este pasaje encontramos el ejemplo de dos personajes quienes decidieron reaccionar de forma opuesta frente al silencio de Dios. Pero además, descubriremos también, que al final, luego de la espera, existe un resultado que infaliblemente llegará.
Reacción Humana #1: Rebeldía disfrazada de Obediencia
En primer lugar, de 1 Reyes 18.41-45 aprendemos que: La Rebeldía se puede disfrazar de Obediencia.
Los vv.41-42 dicen: “41Entonces Elías dijo a Acab: —Anda a tu casa, y come y bebe, porque ya se oye el ruido de un torrentoso aguacero. 42Acab se fue a comer y beber” (18.41-42)
Los vv.44-45 dicen: “44Elías ordenó: —Ve y dile a Acab: “Engancha el carro y vete antes de que la lluvia te detenga”. 45…Y Acab se fue en su carro hacia Jezrel.” (18.44b, 45b)
Los textos 42 y 45 muestran a un rey silencioso y obediente. En esos versículos Acab no reacciona como en los versos 16 y 17, todo lo contrario. 1 Reyes 18.10 dice que Acab había estado buscando a Elías por mucho tiempo mientras el profeta estuvo escondido. El texto narra que lo rastreó por todos lados. No hubo reino ni nación adonde no lo haya mandado buscar, y a quienes afirmaban que no estaba allí, los hacía jurar que en verdad no lo habían encontrado (18.10). Pero cuando porfin Elías se le presentó frente a frente, la reacción de Acab fue totalmente desconcertante. Lo primero que hizo fue preguntarle al profeta si era él quien le estaba causando problemas a Israel (18.16-17). Su pregunta no tenía ningún sentido y sus palabras fueron totalmente ilógicas, pues el único que estaba acarreando el mal para su propia nación era él mismo. En su insensatez, Acab demostró una actitud de prepotencia, altanería y hasta una reacción irrespetuosa, confrontativa y acusativa hacia el profeta de Dios. Claro está, esa respuesta fue antes de ver el milagro que Dios haría en los versos 7 al 40, ya que, pocos versículos después de ese gran evento, encontramos a un Acab totalmente distinto.
En los vv. 42 y 45 el rey no pregunta, no reclama, no argumenta, no cuestiona, no pelea, no se opone, no acusa, no alterca, no confronta. Pareciera que todos los portentos que acababa de presenciar habían producido un cambio en su ser interior que lo llevaba a reaccionar de una forma diferente, sumisa y sobria ante las palabras del profeta. Se pudiera creer que él también había sido uno de los que se postraron y exclamaron: «¡El Señor es Dios! ¡El Señor es Dios!» (18.39). Pero en el capítulo 19.1 vemos que en su actuar no había nada de arrepentimiento, por el contrario, su actitud de silencio y aparente sumisión era solo una máscara ocultando la rebeldía y la maldad que seguía arraigada en su ser interior. El corazón de Acab se mantenía terco y endurecido a la Palabra del Señor. La historia dice que, cuando llegó a su casa, inmediatamente contó a su esposa Jezabel lo que Elías había hecho con los profetas de Baal y de la diosa Aserá. Acab sabía muy bien quién era su esposa, y de lo que sería capaz por defender sus ídolos y sus ritos paganos. El rey era consciente de que, en cuanto Jezabel se enteraría de lo sucedido, ordenaría de inmediato la muerte del profeta. Jezabel odiaba tanto a los profetas del Señor, que prácticamente los había exterminado a todos, y no le temblaría el pulso para hacer lo mismo con Elías.
Evidentemente, al instante en que la mujer escuchó la queja de su esposo, mandó que mataran al profeta (19.2). Es claro que esa era precisamente la reacción que Acab estaba esperando de Jezabel. Sus malas intenciones se comprobaron al apoyar la maldad de su esposa, y dejaron al descubierto que la fingida buena conducta y el silencio solapado que tuvo frente al profeta, no habían sido otra cosa más que la evidencia del endurecimiento y de la terquedad de su alma cauterizada. Prefirió callar y aparentar obediencia, no porque le importara el mensaje que Dios había dado por medio de su siervo, ni porque lo creyera, ni porque realmente estuviera tomando en consideración las obras maravillosas que el Señor venía de hacer por medio de Elías; tampoco porque estuviera esperando la promesa de la lluvia. Nada de eso. Acab solo quería marcharse de la presencia de Elías, y aprovechó la oportunidad que el profeta le ofreció para correr dónde su esposa y concretar lo que su duro y obstinado corazón deseaba: su muerte. Jezabel era una asesina, y Acab lo sabía. Pero decidió hacerse cómplice de otro homicidio antes que arrepentirse, obedecer y reconocer al Señor como el verdadero y solo Dios. El acto de repentina obediencia solo había sido una fachada, hipocresía pura, rebeldía disfrazada de sumisión y malas intenciones provenientes de un corazón contumaz a la voz del Señor.
Acab podría haber reaccionado diferente. Podría haber volcado su corazón a Dios y haberse arrepentido. Podría haber actuado con fe y esperado con ansias la lluvia tan deseada y necesitada por todo el pueblo. Dos veces en los versículos 7 al 40, tuvo la oportunidad de presenciar el asombroso Poder del Señor frente a sus propios ojos, pero su corazón estaba muy lejos de los mandamientos de su creador. Así que, en lugar de humillarse y reconocer que solo hay un Dios verdadero, decidió permanecer en su testarudez y prefirió actuar hipócritamente, fingiendo obediencia y demostrando una actitud de aparente sometimiento. Pero solo era el reflejo de un corazón empedernido, rebelde y ciego.
Este hombre es el vivo ejemplo de la dureza a la que puede llegar un corazón resistente y desobediente a la Palabra del Señor. La reacción y actitud de Acab muestran la conducta y las decisiones que puede tomar una vida alejada de Dios y dominada por sus deseos carnales y pecaminosos. Acab estaba totalmente enceguecido, lejos de las leyes y los estatutos que Dios había estipulado para que el pueblo se mantuviera cerca de Él. Vivir en el pecado y en la idolatría habían cauterizado su alma. Se volvió sordo a la voz del Señor, e insensible a las evidentes muestras de Su Poder, aunque le estaban cayendo frente a sus propios ojos. El corazón endurecido de ese rey no solo le impidió declarar que Dios es el único y verdadero, sino también ignorar el mensaje que había recibido por medio del profeta Elías. Pero igualmente, su endurecimiento lo llevó a empecinarse en sus deseos personales y malignos. Se aferró a su terquedad y prefirió seguir negando y rechazando al solo y extraordinario Jehová de los ejércitos para correr a las soluciones macabras de su malvada esposa. Su dureza de cerviz no le permitió reconocer que únicamente el Poderoso Dios era capaz de hacer los milagros que había presenciado.
En su ceguera, Acab también olvidó todos los favores que el Señor había hecho por los israelitas en tiempos antiguos. La rebeldía le produjo una resistencia extrema a la profecía que Dios había dado por medio de Elías, su actitud contumaz lo llevó a desatender la promesa de la lluvia, a seguir con sus planes, y a tomar las peores decisiones, al punto de preferir oponerse a Dios y ser cómplice de una asesina antes que reconocer sus faltas, volver su rostro al Señor y esperar la lluvia con fe. Por el contrario, empecinado en su rebelión, decidió reaccionar en oposición, intentando disfrazar las malas intenciones de su corazón con una horrible y repugnante máscara de falsa obediencia, ignorando la Omnisciencia, el Poder y la Omnipresencia del Único y Santo Dios. Su amor y veneración por su esposa, por su vida pagana y por todo lo que tenía, y quería hasta ese momento, llegaron a cauterizarle el alma haciéndole creer que podría salirse con la suya sin que Dios lo llamara a cuentas.
Nada hay oculto para Dios
Nuestro Señor lo sabe todo, sin excepción. El conoce las intenciones de los corazones y escudriña los pensamientos. El nuevo testamento enseña que cuando oramos “27Dios, que examina los corazones, sabe cuál es la intención del Espíritu, porque el Espíritu intercede por los creyentes conforme a la voluntad de Dios.” Romanos 8.27. El mismo Jesús, durante su ministerio terrenal, confrontó a los fariseos porque se justificaban por su excesivo amor al dinero. El maestro los encaró diciendoles: “15«Ustedes se justifican ante la gente, pero Dios conoce sus corazones. Dense cuenta de que aquello que la gente tiene en gran estima es detestable delante de Dios.” Lucas 16.15. Para nuestro Dios no hay nada oculto. No hay nada que pueda permanecer encubierto para siempre. Lo secretos y las acciones, buenas o malas, eventualmente saldrán a la luz. Tristemente Acab olvidó esta verdad. Los evangelios están cargados de momentos en los cuales se menciona que el Señor conocía los corazones y los pensamientos de las personas. Frases como: “Jesús conocía sus pensamientos” Mt.9.4, 12.25, “… supo … lo que estaban pensando.” Mr.2.8, Lc.5.22, 6.8, 11.17, “Conociendo sus malas intenciones” Mt.22.18, “sabiendo que fingían” Mr.12.15, “conocía el interior del ser humano.” Jn.2.25, “47sabía bien lo que pensaban” Lc.9.47, y “conocía … quiénes eran los que no creían y quién era el que iba a traicionarlo.” Jn.6.64, muestran la Omnisciencia de nuestro Dios. Él conoce todas las cosas reales y posibles, internas y externas. No existe ninguna obra del mal, ninguna mala intención, ninguna acción pecaminosa que le sea desconocida, y todos tendremos que rendir explicaciones de nuestra conducta terrenal. Romanos 14.12 dice: “12Así que cada uno de nosotros tendrá que dar cuentas de sí a Dios.” Y 2 Corintios 5.10 enseña que “10 es necesario que todos comparezcamos ante el tribunal de Cristo para que cada uno reciba lo que le corresponda, según lo bueno o malo que haya hecho mientras vivió en el cuerpo.” Por eso es tan necesario vivir conscientes de las intenciones con las que actuamos, y de la manera en la que nos vamos desenvolviendo en la vida, pues, tarde o temprano seremos expuestos y descubiertos por la justicia divina.
La ‘hermana’ rebelde.
Un pastor contaba la historia de una ‘hermana’ de su congregación. Era un joven líder iniciando su cargo en esa iglesia. Llevaba tres meses de trabajo cuando un día, la ‘hermana’ se le acercó para decirle que no confiaba en él porque hacía varios años, su hijo mayor había tenido una muy mala experiencia con un ‘líder’ de otra comunidad de fe, y ahora ella creía que todos los pastores eran iguales. Con mucho tacto y prudencia él contestó que lamentaba mucho lo sucedido con su hijo, pero que definitivamente no todos los pastores eran iguales. Añadió que deseaba que, tanto ella como el muchacho, pudieran ir sanando y cambiando su perspectiva. Dijo también que anhelaba ser un instrumento útil en las manos del Señor para llevar bendición a la congregación, y que desearía que tanto ella como el hijo conocieran la otra cara del liderazgo cristiano. El pastor estaba genuinamente interesado en que la hermana, y su hijo, experimentaran el verdadero evangelio, centrado en Cristo.
Él la motivó para llevar al muchacho a las reuniones de oración y de estudio bíblico que se habían iniciado en la iglesia, explicando que así el chico podría empezar a experimentar un ambiente espiritual sano. Pero la hermana contestó con mucha firmeza y arrogancia que ya tenía un grupo de estudio bíblico y de oración en su casa, y que ahí se reunían varios miembros de la congregación. El pastor aprovechó para invitarla a participar también de las reuniones de oración y estudios bíblicos disponibles a nivel de iglesia. Inexplicablemente, seguido a esa invitación, la respuesta de la ‘hermana’ fue de total amabilidad. De un pronto a otro, ya no pareció molesta, ni resentida, ni confrontativa. Su actitud arisca y acusativa cambió por completo, expresando un extraño e inesperado: —Sí claro pastor! Ahí estaré. Sin decir más, se marchó. Pero, nunca asistió a ninguna de las reuniones de oración, ni a los estudios bíblicos que la iglesia proporcionó.
Aquel pequeño rebaño estaba muy seco y delirante cuando el pastor llegó a trabajar con ellos. Pero poco a poco, empezó a retoñar y a dar fruto, para la gloria del Señor. Las reuniones dominicales se estaban llenando, venía gente nueva, habían nuevas conversiones y bautismos. Hubo un notorio crecimiento en el grupo de jóvenes y mucho más involucramiento del liderazgo en los diferentes ministerios existentes y en los nuevos. Los departamentos de niños y de mujeres también empezaron a recibir más asistencia. Se abrió la clase de preadolescentes y adolescentes; y el equipo de oración triplicó en pocos meses. De toda evidencia el Señor estaba haciendo una obra hermosa en medio de esa pequeña comunidad de fe local. Si la ‘hermana’ hubiera tenido la actitud correcta, habría podido ver lo bello que Dios estaba efectuando, habría podido llevar a su hijo para que juntos experimentaran un nuevo evangelio, sano y bíblico. Ella pudo haber sido de las que esperaron con fe, creyendo en que El Señor podría restaurarles y sanarles. Pero no fue así. A pesar de todo lo bueno que estaba sucediendo frente a sus ojos, ella persistió en su mala actitud y en su rebeldía.
Con el tiempo, el pastor se enteró de que la ‘hermana’ era conocida como una persona muy fluctuante, opositora y conflictiva. No servía, no se implicaba, no asistía a las reuniones con regularidad, casi siempre estaba en desacuerdo con las decisiones que tomaba el cuerpo pastoral, y hasta se le había sorprendido criticando a los líderes, así como erigiendo y esparciendo chismes. Años después, el joven líder supo que por mucho tiempo la hermana había tramado diferentes medios para desacreditarlo y difamarlo. Sin motivo alguno, ella se había convertido en su acérrima enemiga.
El personaje principal de esa historia era una mujer conocedora de Dios, asistente de una congregación, y hasta anfitriona de un grupo pequeño en su casa. Pero, era una persona con un alto grado de inmadurez espiritual, y con un corazón lleno de resentimiento y contumacia. Aquella ‘hermana’ actuó igual que Acab, disfrazando su rebeldía, oposición y necedad con una repentina actitud de falsa obediencia.
Enseñanzas prácticas para el diario vivir
Podemos pensar que este es un caso aislado y lejano a nosotros mismos, pero realmente, a veces nos parecemos mucho a la ‘hermanita rebelde’, y por ende a Acab. Cuando no queremos someternos al liderazgo puesto por Dios, cuando nos empeñamos por seguir con nuestros planes personales aunque vayan en contra de la voluntad del Señor, cuando dejamos anidar resentimiento y malos deseos en contra de nuestro prójimo, cuando actuamos con obediencia solapada, diciendo ‘si’ con nuestros labios pero sabiendo que nuestro corazón grita un rotundo ‘no’, cuando llevamos a cabo acciones contra otro, con deseos de dañarlo y causarle perjuicio, cuando en la espera de una respuesta por parte de Dios, nos resistimos a estar quietos y aguardar con fe, o cuando nos empecinamos en buscar nuestras propias soluciones en momentos dónde claramente no tenemos el control… En todas esas acciones, al efectuar un análisis exhaustivo de nuestro corazón, nos damos cuenta de que todos, en algún momento de nuestra vida, hemos sido como Acab, o como la ‘hermanita rebelde’.
Este punto nos enseña que el pecado embota y emboba los sentidos. Quién se encuentra en ese estado siempre irá en contra de todo lo bueno que el Señor quiera mostrarle. Y, cuando lleguen los tiempos de ‘espera’, dejará de creer en la Palabra de Dios, perderá la fe, no tendrá esperanza y su atención estará completamente enfocada en los deseos de su corazón incrédulo e infiel al Señor. El grave peligro al que se enfrenta es que, por su deseo pecaminoso y carnal, será constantemente seducido por el mal, llegando al punto de preferir disfrazar con aparente obediencia los planes de un corazón lleno de rebeldía y resistencia a la voz de Dios. Y cuando llegue el día de enfrentar el juicio del Señor, será hallado falto, pues sus obras serán expuestas y descubiertas ante el gran tribunal.
Reacción Humana #2: Una Fe Inquebrantable
En segundo lugar, de 1 Reyes 18.41-45 aprendemos que: Elías demostró tener una Fe Inquebrantable.
Elías creyó en la Palabra del Señor sin dudar un solo instante. Lo demostró en la certeza que tuvo de que la lluvia llegaría, a pesar de las pocas probabilidades que habían. Los vv.42 al 44 nos muestran tres maneras en las que el profeta puso su fe en acción mientras esperaba que la Palabra del Señor se cumpliera:
Fe en acción #1:
Elías Afirmó que escuchaba lo que aún no estaba escuchando (v.41)
El v. 41 dice: “41Entonces Elías dijo a Acab: —Anda a tu casa, y come y bebe, porque ya se oye el ruido de un torrentoso aguacero.”
Era imposible que se estuviera escuchando audiblemente el ruido de un torrentoso aguacero, pues, un poco más adelante, el texto muestra que aún en ese momento no había ni una sola nube en el cielo y que todo el país seguía en sequía. De manera que, era humanamente improbable que en ese momento se pudiera escuchar el ruido de un torrentoso aguacero. Pero Elías habló con fe. Sus palabras estaban asegurando un evento que vendría en el futuro como si ya había llegado. Aun sin haberlo visto, el profeta lo afirmó, pero no como una adivinación inventada, ni como una predicción imaginaria, ni como un presagio o una premonición emotiva, tampoco como un auspicio basado en la interpretación de señales como el canto de las aves o su vuelo. La afirmación del profeta era certera sobre un hecho que se avecinaba basado en el mensaje que Dios le había dado. Era una declaración firme y segura de la Palabra fiel y veraz de Dios. Y, creyendo que sería tal como el Señor se lo había dicho, lo proclamó. Elías nos recuerda lo que dice Hebreos 11.1:“1… la fe es tener confianza en lo que esperamos, es tener certeza de lo que no vemos.” Él estaba convencido de que la lluvia llegaría, y aunque en ese momento no había ningún indicio de que fuese a ser así, Elías habló con convicción, creyendo de que pasaría lo que el Señor ya había prometido que pasaría, y con esa fe lo esperó.
Fe en acción #2:
Elías Buscó al Señor en oración (v.42)
El v. 42 dice que “42Acab se fue a comer y beber, pero Elías subió a la cumbre del Carmelo, se inclinó hasta el suelo y puso el rostro entre las rodillas.”
Mientras Elías esperaba la lluvia, se fue a orar, y de su oración aprendemos tres aspectos importantes:
- #1: Buscó un lugar apartado (la cumbre del Carmelo)
Elías oró al Señor desde un lugar muy alto. El texto no explica por qué eligió ese lugar, pero los estudiosos comentan que era un lugar estratégico y con una vista panorámica. Quizá el profeta quería tener una perspectiva extensa del cielo. Quizá quería asegurarse de poder ver con toda claridad y rapidez el mínimo indicio de lluvia, tal vez buscó un lugar solitario, donde podría orar lejos del ruido y de todo el bullicio que pudiera haber quedado en el pueblo. O, pueda que escogió un lugar apartado para no distraerse y así poner toda su concentración en la oración. No lo sabemos con certeza, pero sí sabemos que el profeta escogió la cumbre del Carmelo. Y, aunque se dice la altura del monte era de unos 550 metros, no era un lugar fresco, al contrario, era seco y árido, y en ese momento muy probablemente el ambiente estaba aún peor, como consecuencia a la larga sequía que había estado padeciendo la tierra desde hacía tres años. - #2: Se arrodillo
El verso dice que Elías se inclinó hasta el suelo, lo cual significa que se postró, indicando una señal de rendimiento, de dependencia y de sumisión al Señor. - #3: Puso el rostro entre las rodillas
El profeta usó una postura de total entrega y de súplica ardiente. Una posición de clamor ferviente y de gran ruego.
Elías confiaba tanto en la Palabra que el Señor le había dado, que en el momento de la espera, la única opción que saltó en su corazón para mantenerse firme, fue orar. Seguramente pensó: ¿A quién más podría ir? ¿Qué otro dios sería capaz de escuchar mi oración y cumplir su Palabra sino el Santo de Israel? Él estaba convencido de que el Señor mandaría la lluvia que había prometido, y que solo Él, siendo el Dios verdadero, podía responder a su oración. Así que se aferró a esa convicción, con confianza en lo que el Señor le había dicho, y postrándose, clamó ferviente y vehementemente, hasta que obtuvo la respuesta.
Fe en acción #3:
Elías Perseveró en la oración (v.43-44)
En el verso 43 Elías dijo a su criado: “43—Ve y mira hacia el mar. El criado fue, miró y dijo: —No se ve nada. Siete veces le ordenó Elías que fuera a ver, 44y la séptima vez el criado le informó: —Desde el mar viene subiendo una nube. Es tan pequeña como una mano.”
Elías oró sin cesar, de forma insistente, continua, constante y firme. Y, aunque la respuesta tardó, el profeta no se desanimó, ni protestó. El texto dice que mientras oraba, envió a su criado siete veces para ver si aparecía algún indicio de lluvia. Seis veces el criado regresó diciendo que no veía nada. No sabemos cuánto tiempo pasó Elías arrodillado, orando por una respuesta, pero estamos convencidos de que su criado fue seis veces a observar el cielo antes de percibir la pequeña nubecita. La Palabra dice que la nube era tan pequeña como el tamaño de una mano, pero para el profeta fue suficiente. Él supo que con ese pequeño indicio de nube Dios ya había cumplido su promesa. La nubecita, que para otros podría haber representado desesperanza, desaliento, un motivo de preocupación, desánimo, pocas probabilidades, o un imposible; para Elías fue la respuesta completa que estaba esperando, porque creía en la Palabra que el Señor le había dado. El profeta confiaba que con esa nubecita bastaba para Dios, y por lo tanto, bastaba también para él. Elías creía que el Señor era capaz de mandar la suficiente lluvia como para restablecer y restaurar al país entero de los tres años de sequía en el que habían estado sumergidos.
Ante la espera, orar debe ser la única opción
Cuando el Señor Jesús estaba a punto de ser arrestado, en la espera “36… fue … con sus discípulos a un lugar llamado Getsemaní y dijo: «Siéntense aquí mientras voy más allá a orar».” El maestro, siendo el hijo de Dios, sabía que el único refugio con el que contaba en ese momento de angustia y estancia, era su Padre Celestial. Mientras sentía la agonía de la incertidumbre, El Salvador del mundo optó por buscar en su Padre la fuerza, la paz, la seguridad y el aliento, por medio de la oración. Y esta no era la primera vez que el Mesías se apartaba para dedicarse a orar. De hecho, en varios pasajes de los evangelios vemos que “16Él, por su parte, solía retirarse a lugares solitarios para orar.” También lo hizo antes de tomar decisiones importantes, como la noche antes de elegir a los doce apóstoles cuando se retiró a una montaña para orar (Lucas 6:12-13), o antes de resucitar a Lázaro cuando, frente a todos, “41… alzando la vista, dijo: —Padre, te doy gracias porque me has escuchado. 42Ya sabía yo que siempre me escuchas, pero lo dije por la gente que está aquí presente, para que crean que tú me enviaste.” (Jn.11.41-42).
En repetidas ocasiones encontramos frases como: “18Un día Jesús estaba orando a solas” (Lc.9.18), “28… Jesús, … subió a una montaña a orar.” (Lc.9.28), “1… estaba Jesús orando en cierto lugar.” (Lc.11.1); las cuales demuestran que el Señor buscaba activamente a Dios en oración. Jesús no desaprovechaba las oportunidades para hablar con su Padre. Su modelo de vida demostró que en toda circunstancia, y en todo momento, la primera opción de su vida era orar. Y ese fue el ejemplo y la enseñanza que inculcó en sus discípulos al decirles: “7»Pidan y se les dará; busquen y encontrarán; llamen y se les abrirá.” (Mt.7.7), “22Si ustedes creen, recibirán todo lo que pidan en oración.” (Mt.21.22), “13Cualquier cosa que ustedes pidan en mi nombre, yo la haré… 14Lo que pidan en mi nombre, yo lo haré.” (Jn.14.13-14). Y a su vez, posteriormente los apóstoles se encargaron de transmitir esta misma doctrina a los creyentes en Cristo, después de su ascensión.
Las enseñanzas de estos hombres de Dios portan un énfasis muy claro con respecto a la importancia de la oración en la vida del creyente, pero también en cuanto al tiempo que se debe dedicar para orar. 1 Tesalonicenses 5.17 dice: “17oren sin cesar” y la misma idea aporta Colosenses 4.2 diciendo: “2Dedíquense a la oración: perseveren en ella con agradecimiento “ Esto habla de un tiempo indefinido en el cual no hay fin. Significa que estamos llamados a vivir orando constantemente, en todo tiempo y en todo lugar. Y aunque sabemos que la oración no es una varita mágica para obtener todo lo que queremos, ni la lámpara maravillosa de Aladino para cumplir todos nuestros deseos, sí conocemos que “14Esta es la confianza que tenemos al acercarnos a Dios: que, si pedimos cualquier cosa conforme a su voluntad, él nos oye. 15Y si sabemos que Dios oye todas nuestras oraciones, podemos estar seguros de que ya tenemos lo que le hemos pedido.” (1 Jn.5.14-14). Así que, con esa plena confianza y certidumbre, de la misma forma que lo hizo Elías, debemos acercarnos ante la presencia del Señor en todo tiempo, incluso en esos tiempos de angustiosa espera.
Las dos citas imposibles
Cita #1
Hace dos meses y medio, una hermana de la iglesia que nombraremos X, estaba necesitando urgentemente una cita médica. Le habían hecho algunos examenes, y por los resultados dijeron que debía tener un seguimiento urgente en el hospital. Mencionaron que, para darle la cita, la contactarían del mismo centro médico en el transcurso de la siguiente semana. Sin embargo, a pesar de la urgencia, pasaron dos semanas y el hospital no llamaba. La hermana X preguntó a la clinica qué había pasado con sus resultados, y ellos respondieron que debía contactar directamente al hospital. Una vez en las líneas telefónicas del hospital, la situación se volvió una odisea. La tuvieron de aquí para allá, de una extensión a otra, de un especialista al otro, y finalmente nadie sabía nada. Luego de varias horas y numerosas transferencias, se dieron cuenta de que el doctor había enviado los resultados al departamento equivocado, y por esa razón se habían extraviado y no le dieron el seguimiento requerido.
Para ese entonces la clinica ya no podía hacer nada. Aunque le entregaran la copia física de los resultados, no serían validos porque necesitaban la firma del doctor, y ese médico ya no trabajaba en esa clínica. Había sido transferido, y nadie sabía dónde, así que, tampoco había forma de contactarlo. La única opción que le daban era sacar otra cita, y empezar el proceso desde cero, con un nuevo doctor. Eso implicaba tener que esperar de tres a cuatro semanas más. La hermana X compartió su situación con otra miembro de la congregación, a quién nombraremos Z. Juntas empezaron a orar para que los documentos aparecieran y que el hospital llamara para darle la cita tan necesitada. Pocos días después, el doctor que cometió el fallo, llamó a la hermana X, directamente a su celular, para decirle que se había percatado del error, y que había vuelto a enviar los documentos, esta vez al lugar correcto. Antes de colgar dijo: —ahora sí, el hospital la contactará muy pronto.
Porfin llegó la tan esperada llamada del centro médico. El teléfono sonó y sonó, pero lastimosamente, en ese preciso momento, la hermana X estaba en una cita médica con sus hijos, de manera que no pudo atender. Le dejaron un mensaje en el buzón de voz, dando el número de extensión a dónde debía devolver la llamada para obtener la cita. Pero, la locución de la persona que dejó el audio era completamente inentendible. No se podía interpretar lo que decía el mensaje. Aun así, al llegar a casa, la hermana X escuchó el audio en repetidas ocasiones y marcó al hospital. Por puro azar, introdujo un numero de extensión aleatorio, derivado de lo poco que logró entender en el mensaje, y de forma increíble, logró comunicarse directamente con el departamento adecuado. Pero, en ese preciso momento la recepcionista encargada estaba en su hora de almuerzo, y el que había quedado de reemplazo no sabía mucho, y además tenía una actitud poco colaborativa. Rápidamente dijo que no veía el nombre de la hermana en la lista de pacientes en espera, y concluyó que seguramente estaba llamando al departamento equivocado. Cerrando así toda posibilidad al dialogo, seguidamente colgó. La hermana no tuvo tiempo de preguntar el nombre del departamento porque el hombre cortó la llamada. Después de eso le fue imposible recordar el número de extensión que había marcado. Y aunque lo intentó en repetidas ocasiones, no tuvo éxito.
Era una situación complicada. No había forma de establecer comunicación con la unidad requerida si no era por medio de la extensión. Y no se podía obtener dicha extensión sin conocer el nombre de la unidad. La situación estaba fuera de control. Buscando soluciones, las hermanas decidieron reunirse, primeramente para orar, y luego para escuchar el audio juntas. En su oración pidieron entendimiento para poder descifrar el código correcto, y apertura para que la hermana X logrará comunicarse con el departamento adecuado. Repitieron el audio más de diez veces. Dicen que fue muy dificil. Hicieron muchos intentos. Al final, entre las dos pudieron captar unas quince opciones de diferentes posibles extensiones.
La miembro Z cuenta que pasó más de veinte minutos intentando descifrar el número. Cuando agotó todas las posibilidades, dijo a la hermana X: —Muy bien, vamos a llamar. La hermana X la miró y respondió: —¿Y, a cuál de todas las extensiones? La miembro Z contestó: —¡A todas!, Hasta que nos respondan. La hermana X la miró nuevamente, guardó silencio por unos segundos, y luego dijo: —Yo no voy a hacer eso. Pero, en ese momento vino una convicción muy fuerte en el corazón de la miembro Z. Era una certeza que ardía dentro de su ser. Cuenta que ella tenía la seguridad de que debían intentar llamar a cada código, si era necesario. Ella pensaba que, si había algo malo en el cuerpo de la hermana X, el Señor la respaldaría para que pudiera tener la cita lo más pronto posible, y ser atendida cuanto antes. El Espíritu Santo traía al corazón de la miembro Z pasajes como Isaías 41.13 donde el Señor les dice a los israelitas: “13Porque yo soy el Señor tu Dios, que sostiene tu mano derecha; yo soy quien te dice: “No temas, yo te ayudaré”, o Juan 12.7 dónde Jesús dice: “7De hecho, él les tiene contados aun los cabellos de su cabeza. No tengan miedo, ustedes valen más que muchos gorriones.”
La miembro Z recordó porciones de la Palabra que muestran al Dios bondadoso (Nahúm 1.7), atento (Salmos 34.17), protector (Salmos 28.7-8), que desea el bien para sus hijos (Jeremías 17.7-8) y que escucha el clamor de quienes lo invocan (Salmos 34.15). Ella estaba segura y confiada en esa Palabra, y así, con esa certeza dijo a la hermana X: —Voy a llamar por usted. Ya verá que hoy mismo le darán esa cita. Entonces, tomó el teléfono, un lápiz para ir tachando los códigos que no le funcionarían, se sentó frente a la mesa del comedor, puso el celular en altavoz y comenzó a marcar. Sonó una, dos, tres veces. Una maquina dió la opción para teclear el número de extensión. La hermana Z ingresó el primer número que tenía escrito en la lista, y en seguida se transfirió la línea. Casi de inmediato respondió una voz femenina. Entonces la miembro Z preguntó:—Disculpe, ¿a qué departamento estoy hablando?— Era el lugar exacto donde debían comunicarse. Volteó, y notó el semblante de impacto que tenía la hermana X en su rostro. Increíble pero cierto, en el primer intento el Señor había permitido que establecieran contacto con la persona indicada. La miembro Z continuó explicando que habían recibido una llamada, pero que por estar en cita con los niños no habían podido responder. —No se preocupe—, contestó la voz amablemente, —¿Cuál es su nombre?— Al momento en que escuchó el nombre de la hermana X, dijo: —Oh sí, señora! La estuve llamando temprano. La tengo de primero en mi lista. Acabo de tener una cancelación, tengo un espacio para pasado mañana, ¿está usted disponible?— Nuevamente la cara de asombro de la hermana X. —Sí claro!—, respondió con gran admiración. —Muy bien—, agregó la secretaria, —queda agendada su cita para pasado mañana, que tenga buen día.
La Palabra del Señor dice que tenemos un Dios vivo (Jeremías 10.10), un Dios que se complace en amarnos (Miqueas 7.18; Jeremías 9.24), y un Dios que tiene planes de bien para sus hijos (Jeremías 29.11). No son supersticiones ni premoniciones, es la Palabra de verdad. Y ese día, aquella miembro Z tuvo la completa convicción, por la fe en las escrituras, de que verían al Señor obrando a favor de hermana X. Y así fue.
Cita #2
Unas tres semanas antes de ese suceso, el hijo menor de una familia de nuestra comunidad de fe, había estado teniendo recurrentes problemas de salud. La mamá del niño había tenido que visitar el hospital y la clinica en repetidas ocasiones, por casi un mes consecutivo. El pequeño había comenzado con otitis, luego infección en la garganta, y terminó por salirle un orzuelo en el ojo. El problema fue que el absceso se le degeneró de tal manera que se transformó en una inmensa protuberancia costrosa que supuraba y le crecía sin parar. La mamá cuenta que lo vieron varios médicos, entre ellos la pediatra, y todos decían que no era grave y que se quitaría solo. Aconsejaban ponerle compresas de agua tibia y lavarlo con jabón para niños. Una enfermera llegó a decir que podría pasar hasta un año antes que se le quitara, y no pasaba nada. Nadie parecía preocuparse por lo evidente, y por lo mismo no le daban la prioridad necesaria al caso. En varias ocasiones la mamá pidió a la pediatra una referencia para que vieran al niño en oftalmología, pero se la negaban diciendo que no valía la pena porque no era grave, y que, de por sí, la lista de espera sería demasiado larga. Entonces, angustiada, la mamá compartió la situación con una de sus amigas del grupo de oración en la iglesia, y juntas se pusieron de acuerdo para orar por una solución divina.
Cuentan que pasaron varias semanas orando. Fueron insistentes y perseverantes, clamando por esa petición. Día tras día, a cada momento, llevaban la plegaria ante el trono de la Gracia. La amiga recuerda que una madrugada se despertó y decidió levantarse para orar de rodillas. En ese momento oportuno, en su cuarto, en la oscuridad y en la quietud de la noche, con la calma de la alborada, sin distracciones, en el silencio y la frescura de esa hora, postrada junto a su cama, clamó con fervor y con todo ruego, con un corazón ardiente, para que le dieran cita al pequeño niño, a quien amaba como si fuera su propia familia. Las dos amigas, y hermanas en la fe, llevaban semanas orando sin cesar por esta petición, pero esa madrugada, el clamor de la amiga fue muchísimo más intenso.
Ella sabía que estaba pidiendo un milagro porque conocía el sistema de salud del lugar donde vivía, pero se aferró al conocimiento que tenía del Dios de lo imposible. El niño necesitaba ser visto por más especialistas, y era evidente. Su ojito no estaba nada bien e iba empeorando. Cuenta la amiga que estuvo postrada, orando aproximadamente una hora. Luego, por la mañana, se unieron nuevamente en ayuno y oración con la mamá del chiquito, y juntas clamaron de común acuerdo por la misma petición. En ese momento, la amiga le dijo al Señor en voz audible, con llanto, con mucho respeto y con toda la seguridad en Su Poder, que si Él quería podía sanarlo sin la acción médica, solo con la autoridad de su Palabra, pero si no, que hiciera que esa misma semana le dieran una cita. No recuerdan si fue el mismo día, o al siguiente, pero testifican que recibieron la llamada del departamento de oftalmología en el hospital de niños, diciendo que habían recibido una referencia para un seguimiento de forma urgente. Después se supo que la misma pediatra que había minimizado el caso, fue quién finalmente pidió un examen urgente y especializado. ¿Cómo no creer en el Dios Soberano? ¿Cómo no confiar ciegamente en el único Dios de lo imposible?
Enseñanzas prácticas para el diario vivir
En la vida cristiana una cosa es la fe teórica y otra la fe práctica. La fe de teoría es la que se conoce por definición pero no se aplica en la vida personal. En cambio, la fe activa no solo se demuestra con el fruto de un crecimiento espiritual genuino, sino también al confiar ciegamente en la Palabra del Señor de la misma forma que lo hizo Elías.
Entendiendo esto, si la Palabra del Señor te dice que no debes preocuparte por nada, y que cuándo estes angustiado debes orar con gratitud, ruego y con súplica, presentando tus peticiones a Dios, y que al hacerlo recibirás la paz divina, que trasciende toda lógica humana (Fil.4), créelo! Si su Palabra te dice que, en tiempo de crisis financiera no debes afanarte por nada, pues, si te concentras en Dios, si lo sirves fielmente y buscas su reino y su justicia, Él te suplirá de todo lo que necesites (Mt.6), créelo! Si su Palabra te dice que cuándo no sabemos cómo orar, ni qué pedir, ni cómo pedirlo, el Espíritu Santo intercede por nosotros con gemidos que no pueden expresarse con palabras (Rom.8), créelo!
Eso es tener fe. La fe se trata de confiar ciegamente en la Soberanía, en el Poder y en la Bondad del Señor a favor nuestro, en todo tiempo. Debemos aprender a confiar en los tiempos y en los procesos del Señor, tal como lo hizo Elías. La fe nunca debería ser usada como un método para torcerle la mano a Dios, coaccionarlo, o presionarlo para darnos lo que nuestro corazón quiere, cuando lo quiere. No vamos a recibir todo lo que queremos solo por decir emotivamente que tenemos fe, o por ‘declarar’ que pedimos con fe. La fe es mucho más que buscar ‘ondas positivas’ y ‘buena vibra’. Tampoco se trata de expresar palabras de afirmación plagadas de buenas intenciones, sea para nosotros o para otros. La fe es un acto de pleno convencimiento en la Palabra del Señor; es afirmar con certeza el todo poderío de nuestro Dios, y su capacidad de hacer posible lo humanamente imposible. Tener fe es entregarle al Señor las riendas de nuestra vida, aceptando anticipadamente cualquier respuesta que Él decida darnos, entendiendo que Él es el único que tiene la potestad y el derecho de cambiar el rumbo de cualquier circunstancia, cómo mejor le parezca, y aceptar que Su voluntad siempre será lo más conveniente para cada uno de nosotros. Eso es tener una fe activa.
En los procesos de espera, es imprescindible buscar al Señor en oración. Una vida de oración práctica no solo busca momentos y lugares estratégicos y especiales para orar, sino que demuestra humildad y sumisión ante el Señor y a su voluntad, tanto de corazón como en la postura corporal. Un hijo de Dios que mantiene una vida de oración constante, está continuamente clamando de forma perseverante, insistente y fervientemente, hasta llegar a recibir la respuesta del Señor. Si estás pasando por un proceso de espera, en el que no sabes exactamente lo que viene, o estás aguardando por una respuesta que está tardando en llegar, te motivo a copiar los modelos de Elías y de Jesús. Busca momentos y lugares tácticos para hablar a solas con Dios, humíllate delante de Él, entrégale toda angustia y preocupación en sus manos, ora y clama sin cesar, con fe, con certeza en Su Poder y en Su Palabra, de forma vehemente y apasionada, con todo tu ser, y con plena convicción de que la respuesta, sin duda, en algún momento llegará.
En definitiva, nunca olvidemos que la fe no es esperar que Dios conceda nuestros caprichos o deseos personales solo porque a nosotros nos parece que son buenos, o que provienen de buenas intenciones. El corazón humano es engañoso, y solo el Señor es capaz de ver el interior humano. Él es el único que conoce la motivación de nuestras peticiones. Todos desearíamos que las respuestas de Dios a nuestras plegarias fueran siempre un ‘sí’. Pero, sabemos que el Señor puede contestar con un ‘no’, o con un ‘aguarda’. Lo importante de esta enseñanza es entender que, sin importar cuál sea la respuesta, nuestra fe no debe flaquear, especialmente cuándo nos encontramos en un tiempo de ‘espera’. Es necesario asimilar que la fe no se trata de desear con todo el corazón que suceda lo que queremos que suceda, sino de confiar en que, venga lo que venga, obtengamos o no la respuesta que queremos, Cuando Pasamos por Procesos de Espera, el Señor siempre estará mostrando su perfecta voluntad para nuestra vida. Y esa voluntad, todo el tiempo es la mejor. Por tanto, lo veremos reflejado en sus contestaciones, sean cuales sean.
Resultado: El Señor siempre Responde
En tercer lugar, de 1 Reyes 18.41-45 aprendemos que: Dios siempre contesta al clamor de sus hijos.
En estos versos vemos que el Señor cumplió su Palabra, pero su respuesta tuvo dos características particulares:
En primer lugar, vemos que la respuesta fue: Progresiva (v.44 y 45a)
El v.44 dice: “44y la séptima vez el criado le informó: —Desde el mar viene subiendo una nube. Es tan pequeña como una mano.”
Y el v. 45 dice: “45Las nubes fueron oscureciendo el cielo” “luego se levantó el viento”
La respuesta de Dios para Elías se fue cumpliendo poco a poco. Empezó con una pequeña nubecita del tamaño de una mano, pero paulatinamente fueron subiendo más y más nubes. Lenta y gradualmente se fueron juntando las unas con las otras, de modo que se fue oscureciendo el cielo, y una vez que llegaron a formarse grandes y densas nubes grises, lo cubrieron por completo. Entonces, se levantó un fuerte viento, y por último se desató la lluvia. Pero no cualquier lluvia…
En segundo lugar, vemos que la respuesta de Dios fue: Abundante (v.45c)
El verso 45, parte c, dice: “y se desató una fuerte lluvia.”
Después del largo proceso de espera, por fin cayó la lluvia como el torrencial que Elías había afirmado en los vv.41 y 44. No fueron unas cuantas gotitas o una lluvia pasajera. La Biblia dice que se desató una fuerte lluvia. Otras versiones lo traducen como ‘un gran aguacero’ o ‘una terrible tormenta’.
Siempre habrá una respuesta
En los evangelios, Jesús enseño diciendo: “9»Así que yo digo: Pidan y se les dará; busquen y encontrarán; llamen y se les abrirá. 10Porque todo el que pide, recibe; el que busca, encuentra y al que llama, se le abre.” (Jn.11.9-10). El Señor mismo aseguró que todo el que pide obtendrá un resultado, y sabemos que nuestro Dios siempre cumple su Palabra. Por eso, el libro de los Hechos presenta a dos apóstoles, y a una iglesia local, quienes tuvieron la oportunidad de experimentar esta preciosa verdad en carne propia. El primero fue Pedro con Tabita. Para resucitarla, “40hizo que todos salieran del cuarto; luego se puso de rodillas y oró. Volviéndose hacia la muerta, dijo: «Tabita, levántate». Ella abrió los ojos y al ver a Pedro se incorporó.” Mientras que a Elías le tocó esperar para tener la respuesta, a Pedro se le concedió instantáneamente. Recordemos que el Señor es Soberano en todas sus obras, así que hace lo que quiere, como quiere, con quién quiere y cuando quiere; y siempre es justo. Lo mismo le sucedió a la congregación cuando,
“5… mientras mantenían a Pedro en la cárcel, la iglesia oraba constante y fervientemente a Dios por él. 7De repente apareció un ángel del Señor y una luz resplandeció en la celda. Despertó a Pedro con unas palmadas en el costado y le dijo: «¡Date prisa, levántate!». Las cadenas cayeron de las manos de Pedro. 8Dijo además el ángel: «Vístete y cálzate las sandalias». Así lo hizo y el ángel añadió: «Échate la capa encima y sígueme». 9Pedro salió tras él, pero no sabía si realmente estaba sucediendo lo que el ángel hacía. Le parecía que se trataba de una visión. 10Pasaron por la primera y la segunda guardia y llegaron al portón de hierro que daba a la ciudad. El portón se abrió por sí solo y salieron. Caminaron unas cuadras y de repente el ángel lo dejó solo. 11Entonces Pedro volvió en sí y se dijo: «Ahora estoy completamente seguro de que el Señor ha enviado a su ángel para librarme del poder de Herodes y de todo lo que el pueblo judío esperaba».” Hechos 12.5-11.
Ese día, en respuesta a la plegaria de un grupo de cristianos reunidos orando en un mismo sentir, por una misma causa, el Señor actuó con un despliegue de Poder tan impactante como el que había realizado con Elías siglos atrás. Fue un milagro increíble y majestuoso para librar a Pedro de las manos de Herodes. En esa ocasión el Señor escuchó el clamor de creyentes fervorosos, y brindo la solución divina para mostrar su grandeza y magnificencia a favor de Pedro y de su iglesia.
El último ejemplo es el de Pablo y Silas, cuando fueron arrestados y encarcelados por predicar el evangelio. Resulta que “22los magistrados mandaron que arrancaran sus ropas y los azotaran. 23Después de darles muchos golpes, los echaron en la cárcel y ordenaron al carcelero que los custodiara con la mayor seguridad. 24Al recibir tal orden, este los metió en el calabozo interior y les sujetó los pies en el cepo.” Pero, “25A eso de la medianoche, Pablo y Silas se pusieron a orar y a cantar himnos a Dios, y los otros presos los escuchaban.” Entonces, “26De repente se produjo un terremoto tan fuerte que la cárcel se estremeció hasta sus cimientos. Al instante se abrieron todas las puertas y a los presos se les soltaron las cadenas.” La respuesta del Señor a la oración de Pablo y Silas fue un terremoto dentro de la cárcel el cual hizo que se abrieran todas las puertas de las celdas y que se soltaran todas las cadenas de los presos. Pero toda esa hazaña tenía un propósito bien definido en el plan de Dios: “33A esas horas de la noche, el carcelero se los llevó y lavó las heridas; enseguida fueron bautizados él y toda su familia. 34El carcelero los llevó a su casa, les sirvió comida y se alegró mucho junto con toda su familia por haber creído en Dios.”
La Palabra de verdad enseña que el Señor siempre escucha y contesta las oraciones de sus hijos. Pero, también dice que todo lo que pedimos debe estar alineado con su voluntad, ya que, cuando Él brinda una respuesta siempre es para adjudicarse los honores a sí mismo. Contrariamente al deseo humano, el cual radica precisamente en que “3… cuando piden, no reciben porque piden con malas intenciones, para satisfacer sus propias pasiones.” (Santiago 4.3), y eso es precisamente lo que se quiere evitar. Por tanto, es necesario aprender a orar manteniendo el enfoque en la mira eterna. Sin embargo, como ya lo mencionamos un poco antes, el Señor en su misericordia, conociendo la incapacidad humana, mandó al Espíritu Santo para acudir en nuestra ayuda. Porque, “26… No sabemos qué pedir, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos que no pueden expresarse con palabras. 27Y Dios, que examina los corazones, sabe cuál es la intención del Espíritu, porque el Espíritu intercede por los creyentes conforme a la voluntad de Dios.” (Rom. 8.26-27) ¡Qué gran asistencia! Demos gracias al Señor por este socorro divino.
Por tanto, podemos tener la certeza de que, siempre recibiremos una respuesta por parte del Señor, aunque pidamos incorrectamente, ya que el E.S se encargará de traducir las motivaciones de nuestro corazón ante la presencia de Dios. Santiago 5.16c dice que “la oración del justo es poderosa y eficaz.” La palabra ‘justo’ en el idioma original es |δίκαιος—Díkaios|, y significa alguien que actúa de forma equitativa y recta. Se refiere a una persona que sigue las reglas y que cumple con todos los deberes requeridos. Se trata de una persona que es buena, inocente y sin tacha. Sabemos que, humanamente hablando, es dificil, más bien imposible, encontrar a un ser humano así. Pero, interesantemente, en el versículo siguiente, Santiago menciona al profeta Elías diciendo: “17Elías era un hombre con debilidades como las nuestras. Con fervor oró que no lloviera y no llovió sobre la tierra durante tres años y medio.” (Santiago 5.17). Lo que esto significa es que, aún Elías, siendo el profeta de Dios, era un hombre común y corriente, con defectos y flaquezas como cualquier otro ser humano, y aun así fue considerado justo, porque cuando oró, el Señor vió la motivación que había en el interior de su corazón al presentar su petición, y en base a eso respondió. La oración del profeta fue poderosa y eficaz ya que, a pesar de la espera que tuvo que enfrentar, terminó por obtener la contestación que esperaba por parte de Dios.
Antes de dar por terminado este punto debemos tomar nota de un hecho real: el Señor siempre buscará su propia Gloria. En cada respuesta Él deseará ser honorado. Por eso, el escudriñará el principal incentivo y estímulo de nuestros corazones al pedirle lo que sea que le pidamos. Él sabrá si la intención de nuestras peticiones es para su gloria, o para suplir un gusto y una necesidad personal. Él nos ama, y siempre brindará una solución, pero si lo que pedimos no tiene ningún propósito eterno, ni es bueno para nosotros, o nos alejaría de sus caminos, o no buscaría hacerlo brillar, ni exaltaría su nombre, ni buscaría la expansión de su Reino, entonces debemos saber que la contestación irá en consecuencia. Sin embargo, lo que indudablemente siempre tendremos es una respuesta.
La casa del árbol
Érase una vez, un papá con su pequeña hija. El amoroso padre prometió construirle una casa de árbol para que pudiera jugar con sus amigos. La pequeña se puso tan emocionada al escuchar la noticia, que de inmediato se dió a la tarea de crear un diseño especial. Tomó su libro de dibujo y pintó la casa con todos los colores que deseaba, también le agregó cada uno de los detalles que quería que tuviera, por dentro y por fuera.
Cada día, al regresar de su trabajo, el padre traía diferentes materiales para agregar a la construcción. La obra iba tomando forma, lenta pero firmemente. Sin embargo, aunque era evidente que faltaba mucho por finalizar, día con día la niña esperaba ansiosamente a su papá para preguntarle: —¿Ya está lista papá? Con todo amor y paciencia el padre respondía: —Es un proceso largo mi niña, debes ser paciente y esperar un poco más. Pero, te dije que la tendrás y ten por seguro que cumpliré mi palabra. La pequeña entendía que la construcción llevaba tiempo, no obstante, seguía recordándole, insistentemente, que no olvidara su promesa.
Poco a poco, el padre fue completando la obra. Trabajó arduamente durante meses. El dedicado progenitor quería asegurarse de tomar en consideración todos los detalles que su pequeña hija le había solicitado. Colocó con finura y delicadeza cada requerimiento que la pequeña le había pedido tener, dentro y fuera de la casa. Pero también, cómo un regalo extra, agregó otras áreas y espacios para sorprenderla. Aquella casita sería mucho más hermosa de lo que la niña podría haber imaginado.
Al frente, destacaba una preciosa y estable escalera para que la pequeña subiera y bajara sin peligro. Al costado el padre incorporó un hermoso deslizadero para que la niña jugara con sus amigos. Con amor y esmero incluyó luces internas y externas para que alumbraran de noche, y ventanas con cortinas coloridas, tal y como a su pequeña hija le gustaban. Además, construyó un pequeño puente que conectaba la casa con otra parte del árbol, y en la sección inferior agregó columpios y una mesita de pique-nique con cuatro sillitas de madera, pintadas de los colores predilectos de la niña. El resultado final era realmente asombroso. ¡La casita quedó preciosa! Era perfecta.
Llegó el día de la tan anhelada entrega, luego de varios meses de espera, porfin el padre dijo: —ahora sí mi niña, ¡la casita que te prometí está lista! Feliz, la pequeña corrió y se arrojó en los brazos de su papá, lo abrazó, lo beso, y con lágrimas en sus ojos le agradeció por no olvidarse de cumplir su promesa, y por enseñarle a esperar confiada. Con su dulce y tierna voz dijo: —Yo sabía que, aunque tardabas, cumplirías tu palabra. Aquella casita se convirtió en una cápsula de hermosos recuerdos que quedaron grabados por siempre en la mente y en el corazón de la pequeña niña.
Enseñanzas prácticas para el diario vivir
Así como la construcción de esa casita fue paulatina, a veces, también la respuesta del Señor puede llegar de forma progresiva. Hay momentos en los que esa respuesta puede parecer un imposible, o un improbable, porque no llega completa ni de repente. Pero lo que Dios desea es que, al estar en la espera, cuando recibamos esos diminutos indicios de respuesta, como la pequeña nube de Elías, creamos que es suficiente, y que en esa pequeña posibilidad está la respuesta plena del Señor. Nuestro Dios también desea que, mientras estemos en el proceso de espera, lo busquemos en oración, con corazones firmes y confiados, clamando persistentemente, con esperanza, con fe y con seguridad en su Palabra. Aun en medio de los procesos, y aunque la respuesta tarde, debemos confiar que al final, siempre la Palabra del Señor se cumplirá de forma total. Y así como en aquella ocasión mandó la lluvia copiosa, en la actualidad el Señor sigue contestando clamores mucho más abundantemente de lo que podemos imaginar. Él ve con agrado los corazones contritos y humillados, y sigue deleitándose en las vidas confiadas, postradas y sometidas ante Él.
Conclusión
A lo largo de este estudio hemos aprendido que existen dos posibles respuestas humanas para Cuando Pasamos por Procesos de Espera. En primer lugar, vimos que podemos reaccionar como Acab, con una rebeldía disfrazada de obediencia, fingiendo creer en la Palabra del Señor y, aparentando aceptación y sometimiento a la voz de su Espíritu. Pero, tarde o temprano, por medio de nuestras reacciones, se expondrán las verdaderas intenciones de los corazones contumaces y necios a la voluntad de Dios. Responder en oposición al Señor es sinónimo de querer tomar el control de las circunstancias, y empecinarse en hacer nuestra voluntad. Altercar con Dios es decidir enfocar nuestros pensamientos únicamente en las soluciones humanas. Actuar con endurecimiento de corazón es esperar sin fe y sin esperanza, desenfocados de lo eterno y preocupados por lo terrenal. Tomar la decisión de comportarse con rebeldía es reclamarle al Señor con osadía e irrespeto algo que solo le compete a Él. Es ser propensos a tomar malas decisiones, y a dejarse seducir constantemente por los malos deseos de un incrédulo y endurecido corazón.
En segundo lugar, aprendimos que podemos reaccionar como Elías, con una fe inquebrantable. Los versos muestran cómo, mientras el profeta esperaba el cumplimiento del mensaje, cuando aún no había ni un solo indicio de lluvia, afirmó con certeza escuchar lo que aún no estaba escuchando, únicamente por fe en la Palabra que Dios le había dado. Además vimos que, mientras aguardaba, su reacción inmediata fue acudir al Señor en oración, y para hacerlo no solo buscó un lugar especial y estratégico para clamar, sino que lo hizo postrado, con una actitud que evidenciaba reverencia y dependencia en Dios, pero igualmente usó una postura de plegaria genuina, poniendo el rostro entre las rodillas como una muestra de una súplica fervorosa, rogando apasionada e insistentemente, con gran devoción para que el Señor cumpliera la profecía, hasta que obtuvo la respuesta esperada.
En tercer lugar, vimos que, después de un tiempo de espera, el resultado es que El Señor siempre responderá. Invariablemente, el Señor contestará todas las oraciones de sus hijos, y cumplirá su Palabra. Es infalible que la respuesta siempre llegará. Aunque a veces tarde o sea progresiva. En el caso de Elías, la contestación no fue inmediata, pero llegó. Cuando percibieron la pequeña nube, por más insignificante que pudiera haberse visto, el profeta creyó que era más que suficiente, y para él, fue todo lo que estaba esperando. A veces la Palabra del Señor se cumplirá poco a poco. En esos casos, lo que Él espera de nosotros es que sigamos creyendo, tal como lo hizo Elías en este pasaje. Debemos tener la seguridad de que, desde el momento que notemos un pequeño indicio de respuesta, aun así nos parezca muy mínima y casi imperceptible, será la respuesta completa que el Señor nos está dando. Debemos confiar en que, cuando el Señor responde, aunque la respuesta refleje un imposible, o pocas probabilidades, Él la cumplirá abundante y perfectamente.
Elías conocía muy bien al Dios en quién creía y a quién servía, y por eso no dudó ni un instante en su Palabra. El profeta se aferró al conocimiento que tenía del Dios de sus antepasados, y por esa convicción le elevó la siguiente oración:
“36… Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob! Haz que hoy todos sepan que tú eres el Dios de Israel y que yo soy tu servidor, y que he hecho todo esto porque tú me lo has pedido. 37Contéstame, mi Dios; contéstame para que este pueblo sepa que tú eres Dios, y que deseas que ellos se acerquen a ti».”
Elías oró al Dios de Israel, seguramente recordando todos los beneficios que antes habían recibido como nación por parte del Señor. Y, aunque en ese momento la mayoría de sus compatriotas estaban descarriados y alejados de Dios, el profeta sabía que el Señor seguía siendo el Yaweh de su pueblo. Así que, con toda humildad y mansedumbre se presentó, como un siervo obediente y fiel, deseoso de que todos vieran y supieran que estaba actuando en obediencia a lo que el Señor le estaba mandado. Elías clamó, no una, sino dos veces: “¡Contéstame, mi Dios, contéstame!” La respuesta de Dios tendría un único propósito en el corazón del profeta: “que hoy todos sepan que tú eres el Dios de Israel, que yo soy tu servidor y que este pueblo sepa que tú eres Dios, y que deseas que ellos se acerquen a ti.” Y es que al final de cuentas, toda respuesta a cualquier tipo de prueba, o ante cualquier proceso de espera, se trata única y exclusivamente de glorificar y honrar el nombre de nuestro Dios, de acercarnos a Él y de buscarlo de todo corazón.
La pregunta que ahora nos toca hacernos es: ¿Cuál será mi respuesta ante los procesos de espera? ¿Reaccionaré como Acab, o seré un Elías? ¿Actuaré con rebeldía disfrazada de obediencia, o responderé con una fe inquebrantable?
Lo que el Señor desea es que copiemos el ejemplo de Elías, y que creamos firmemente que la respuesta llegará. Que confiemos con la misma fe que él creyó. Que nos aferremos, que esperemos y que clamemos con la misma convicción y certeza. Nuestro Dios es ese mismo Dios de Elías, El Dios Todopoderoso, Bondadoso y deseoso de hijos fervorosos en la oración, obedientes y dependientes de Él. Nuestro Dios escucha nuestro clamor y cumple su Palabra. Debemos creer que, aunque la respuesta tarde, siempre llegará, si es un ‘espera, será bien definido y firme, si es un ‘no’ será categórico, pero abundante en gracia, y si es un ‘sí’, será copioso, cuantioso y numeroso, cómo el torrencial de lluvia que recibió Elías.
Que el Señor haga florecer esta palabra en nuestros corazones.
Si me sirve a mí, quizá también a ti.
Hasta la próxima.

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