Fe en lo Imposible: Lecciones de Juan 6:1-11

Juan 6:1-11

Qué difícil es cuando llegan esos momentos en los cuales nos enfrentamos a la pregunta: Y ahora, ¿qué hacemos? 

En este relato vemos que dos de los discípulos de Jesús se vieron confrontados ante una situación de estas.

La historia cuenta que, una multitud estaba siguiendo al maestro. No porque creían que era el hijo de Dios, sino por los milagros que hacía.  Su motivación era, o pura curiosidad o simple interés personal.  El v.2 dice que lo seguían ‘porque veían las señales que hacía en los enfermos’, no por fe en El. 

La cantidad de personas era enorme.  Cuando Jesús vió, preguntó a Felipe: —¿Dónde vamos a comprar pan para que coma esta gente? (v5).  Felipe era uno de los doce, y también era de la misma región de Betsaida. Él maestro sabía que, si había uno de los discipulos que podía conocer lugares dónde obtener alimentos, ese era Felipe.  El Señor tenía un proposito al lanzar aquella interrogante. La palabra ‘comprar’ utilizada en el idioma original es agorazo. Tiene una relación directa con poseer un método de pago. De inmediato, Felipe sacó cuentas y entendió que se estaba frente a un: Y ahora, ¿qué hacemos?  

El discípulo parece interpretar la pregunta de Jesús desde una perspectiva totalmente humana y lógica. Desde una mentalidad limitada y finita. Su respuesta deja ver la reacción terrenal normal de cara a una crisis económica: —Ni con el salario de más de seis meses de trabajo podríamos comprar suficiente pan para darle un pedazo a cada uno —respondió Felipe.

En esa contestación hay negatividad, desconfianza, desesperanza, ceguera espiritual, sentimiento de impotencia e imposibilidad. La lógica de una mente natural produce duda y desenfoque de la realidad eterna y divina. Felipe no parece tomar en consideración todo lo que el Señor venía haciendo en medio de ellos los días y semanas anteriores.

El discipulo había estado acompañando al Maestro desde el inicio de su ministerio.  Lo conocía de primera mano, había escuchado sus enseñanzas y había visto su poder en primera fila.  Lo más razonable hubiera sido que respondiera algo parecido a: Maestro, estamos convencidos de que tú puedes alimentar a semejante multitud, aunque humanamente nosotros somos incapaces, sabemos que para tí nada es imposible.  

El despliegue de Poder que Jesús estaba por mostrar no sería algo nuevo, ni para Felipe, ni para ninguno de los otros discípulos.  Sin embargo, en lugar de responder con certeza y convicción ante la pregunta de Jesús, Felipe respondió cómo alguien incrédulo, cómo uno que no contaba con la presencia misma del hijo de Dios de forma directa, íntima y personal en su vida.

Qué desilusión debió haber sentido Jesús al darse cuenta de que, a pesar de pasar día y noche con ellos, sus propios discípulos, su núcleo más cercano, sus amigos, no lo conocían.  No creían en su Poder, y no tenían la suficiente fe en El.  

En los.vv8-9, Andrés, otro de los discípulos, ofrece a Jesús la única opción que le parecía una solución humana. Al menos éste, siendo consciente de su restringida capacidad, buscó qué hacer, y trajo al Señor lo que encontró.  En este caso fue lo que traía un niño de entre la multitud. Había un muchacho que llevaba cinco panes y dos peces, esa fue la propuesta que Andrés presentó a Jesús: —Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos pescados, pero ¿qué es esto para tanta gente?  Aunque ambos seguían concentrándose en la limitación e imposibilidad humana, al menos Andrés parecía confiar en que Jesús podía hacer mucho con poco.  Entregó al Señor lo que tenía y, aunque sabía que no era suficiente, ni realista, tenía la certeza de que el Mesías podía obrar maravillas con eso.  

En los versos que siguen, vemos que Jesús, haciendo uso de aquellos panes y peces, realizó uno de los más asombrosos milagros de providencia en su ministerio: alimentó a cinco mil personas, sin contar a las mujeres y a los niños. Jesús no solo tomó lo que Andrés le llevo, sino que lo multiplicó. La proactividad del discípulo fue útil y recompensada en las manos del Señor.

El v.11 dice que Jesús dió gracias. Jesús no estaba agradeciendo al Padre por la comida, sino por la oportunidad de mostrar, una vez más, su poder al mundo. Cada milagro era una oportunidad para revelar su Gloria y para darse a conocer cómo el Hijo de Dios. Jesús agradecía a su Padre por estar con Él y respaldarlo en cada exposición pública de su gran Poder. La oración de agradecimiento que hace aquí se parece a la que hizo antes de resucitar a Lázaro.

Las multitudes y los discípulos habían tenido numerosas oportunidades para darse cuenta de quién era aquel Cristo. Pero, a pesar de todos los portentos y de todas las veces en las que habían sido testigos de las maravillas asombrosas que hacía, muchos seguían dudando. Muy parecido a nosotros. Más aún cuando se trata de plata. Qué dificil es responder con fe cuando nos encontramos frente a lo que nos parece un imposible presupuestario o cuando las cuentas no ajustan.

La mayoría de las veces, ante las situaciones económicas que nos parecen no tener solución humana, tendemos a ser más cómo Felipe que cómo Andrés.  Nuestra mente se enfoca en las limitaciones, en la imposibilidad y en el pequeño y restringido panorama de nuestra mente finita.  Reformatear nuestro disco duro cerebral, y espiritual, es un gran reto. Y tendría que transformarse en una decisión diaria, para reaccionar con fe y seguridad ante los ‘imposibles’ del hombre.  Deberíamos reaccionar con certeza en que, sea lo que sea, el Señor siempre tiene una solución, la mejor solución, y la provisión precisa en el momento perfecto.

Claro está, no se trata de esperar que Dios provea milagrosamente para todo lo que se nos antoje. Las decisiones de gastos que nada tienen que ver con el Reino de los cielos, no hacen parte de la aplicación en este texto. El pasaje es preciso al mostrar cuál era la situación. En primer lugar, se trataba de providencia para llenar una necesidad fundamental de las personas que los venían siguiendo. En segundo lugar, el milagro tendría únicamente el propósito de mostrar la gloria y el poder del Señor Jesucristo. El fin era dar a conocer el Poder del Mesías prometido, y así, brindar otra oportunidad para que muchos más creyeran en El. Jesús estaba llevando a cabo su cometido. El objetivo de la provisión milagrosa era cumplir con el mandato que El Padre le había encomendado al venir a este mundo: predicar las buenas nuevas.

Cuando nos enfrentemos ante una situación similar a la de Felipe y Andrés, y cantemos ‘Dios de lo imposible, Soberano’, ¡creámoslo!  El sigue siendo el mismo de ayer, de hoy y por los siglos.  Su Poder se mantiene asombroso, su amor sigue siendo inigualable, su misericordia continúa renovándose cada mañana.  ¿Por qué tememos?  ¿Por qué dudamos? Cuando llegue el tiempo del: Y ahora, ¿qué hacemos?, debemos confiar, con convicción firme, en el Omnipotente Dios a quién servimos y adoramos.  Hagamos lo que podamos de nuestra parte, cómo Andrés, y cuándo lleguemos a la limitación humana, confiemos en que Él puede hacer el resto.

Pero, es necesario estar conscientes de que, para creer en el Poder de Dios, debemos conocerlo. Y para eso tenemos que fortalecer nuestra relación personal Él. Debemos ser proactivos en estudiar sus enseñanzas y tener tiempos de oración y alabanza. Tenemos que destinar momentos de acercamiento a solas con El. Debemos aprender a escuchar su voz. Entre más lo conozcamos, más aumentará nuestra fe. Tendremos más confianza firme y habrá menos cabida a la duda y al temor.

Qué el Señor te bendiga grandemente.
Si me sirve a mí, quizá también a ti. 

Hasta a próxima.

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