Actitud de Queja: Un Corazón Inconforme

Desde mitad del libro del Éxodo, pasando por todo Levítico y hasta llegar a los primeros capítulos de Números, Moisés está dando una serie de requisitos y reglas importantes para orientar la conducta que deberían llevar los israelitas acabando de salir de Egipto. 

Al haber terminado de impartir todos los estatutos, Moisés y el pueblo se pusieron en marcha hacia la tierra prometida.  El capítulo 10.33-36 dice que “la presencia del Señor estaba con ellos”.  Dios no solo los había sacado portentosamente de la esclavitud en Egipto, sino que su misma presencia se había quedado con ellos para dirigirlos y cuidarlos durante el trayecto que estaban emprendiendo. 

Pero, el pueblo de Israel era extremadamente protestón, desagradecido e insolente. Habiendo sido testigos del poder del Señor al librarlos del Faraón, y teniendo la presencia misma del Dios de Israel en medio de ellos, aun así, no tardaron en comenzar su típico berrinche y rezongue.  El capítulo 11 inicia diciendo que “el pueblo comenzó a quejarse” (11.1).  ¡Otra vez!

El tipo de queja que hizo el pueblo provocó la furia del Señor: “cuándo el Señor oyó, se encendió su ira y el fuego del Señor consumió una parte del campamento” (11.1).  En el mismo capítulo, unos versos más adelante vemos que también Moisés se quejó con Dios, pero la intención de su queja fue diferente y el Señor reaccionó totalmente distinto.  Lo que Dios ve es la actitud y la intención del corazón.  La murmuración del pueblo iba cargada de auto conmiseración y de protesta.  Era una queja que evidenciaba una actitud ingrata y desleal hacía Dios.  Había un descontento en su interior que producía un reproche contra El Señor.  El término ‘quejó’ usado en el idioma original es “ānan”.  El diccionario de hebreo bíblico sugiere que “en lugar de traducir «se quejó amargamente a oídos de», debería traducirse:  «se quejó de hambre a oídos de»”.  En otras palabras, el pueblo se quejó de hambre, con una actitud de desconsuelo, casi con agonía, no porque no tenían qué comer, sino porque ya no estaban satisfechos con la comida que el Señor les estaba proveyendo. Y el Señor los escuchó.

Los versículos 4-6 continúan diciendo: 

4Gente de toda clase se había mezclado con los israelitas.  Esa gente solo pensaba en comer.  Y también los israelitas volvieron a llorar y dijeron: «¡Quién nos diera carne!  5¡Cómo echamos de menos el pescado que comíamos gratis en Egipto!  ¡También comíamos pepinos, melones, puerros, cebollas y ajos!  6Pero ahora tenemos reseca la garganta, ¡y no vemos nada que no sea este maná!»

La RV1960 traduce el v.4 de la siguiente forma:  “’Y la gente extranjera que se mezcló con ellos tuvo un vivo deseo, y los hijos de Israel también volvieron a llorar y dijeron: ¡Quién nos diera a comer carne!’”  ‘La gente extranjera’ a la que se refiere el verso eran egipcios que se habían metido entre los israelitas.  Ellos empezaron a “soñar con los banquetes y abundancia de carne”, que tenían en su país, pues, acostumbrados a tal bonanza “ningún otro pueblo era más propenso” a desviar su imaginación en cuanto a la comida, “que el de Egipto.” [Comentario Jamieson-Fausset-Brown].  Y los Israelitas no hicieron la diferencia

La palabra ‘deseo’ es ‘taavá’.  Significa un anhelo desmedido por satisfacer un gusto o por saciar un apetito.  En este pasaje se refiere directamente al pecado de la gula y la glotonería, pues murmuraban por el ‘taavá (deseo) de tener más comida, más y diferente de la que Dios les estaba proveyendo. La raíz del reproche implicaba una insatisfacción personal, un descontento e inconformidad hacía la provisión de Dios.  Para ellos, lo que Dios les estaba dando ya no era suficiente, era ‘poca cosa’ comparado a ‘lo que tenían’ en Egipto.  Fue tal su actitud de irrespeto que llegaron al punto de reclamar porque querían más. ‘Deseaban’ comer sin reparo de la comida por la que estaban llorando.

Repugnante, ¿no lo crees? Era un pueblo disconforme e ingrato. Resulta fácil criticarlos, pero si nos ponemos a pensar, muchas veces nosotros también actuamos igual: inconformes, quejumbrosos, ingratos, irrespetuosos y queriendo tener más y más, insaciables. ¡Triste y vergonzoso!


Nuevamente, no era que no tuvieran nada qué comer.  No se estaban muriendo de hambre.  Los versos 7 al 9 ofrecen una descripción de cómo era el alimento que Dios había creado especialmente para ellos.  Dice que el maná no solo era de agradable apariencia, sino que también podía comerse de diferentes formas.  El Señor había pensado hasta en ese detalle; y además, nunca se acababa porque Dios se los proveía todos los días.  Era fresco, bueno y grato a la vista.

La murmuración del pueblo estaba cargada de maldad.  No solamente era evidencia de desagradecimiento total hacia lo que Dios había hecho, y seguía haciendo por ellos, sino también una enorme falta de respeto hacia la presencia de Dios que seguía estando ahí.  Al imitar la conducta de los egipcios se estaban oponiendo abiertamente contra el Señor.  Decidieron estar a favor de quienes estaban en contra de Dios.  Osaron actuar igual que el pueblo que los había tenido esclavizados, y enfrentar al Dios que los había libertado.  ¡Un completo desastre! 

Mientras que todos aquellos ingratos estaban perdidos en sus banquetes imaginarios hablando de carnes, pescado, pepinos, cebollas, puerros, melones y ajos, Moisés se concentró en la preciosa obra que Dios había diseñado especialmente para alimentarlos a ellos, ahí en medio del desierto.  Parece que la intención del escritor era mostrar que el maná era tan, o más agradable a la vista, y delicioso al paladar, que todo aquello que la gente extranjera y los israelitas estaban añorando.  No había razón para desear lo que dejaron.  El maná era una comida única.  Era especial y abundante.  Y provenía directamente del cielo.  No había razón para reclamar.

De estos versículos aprendí que,

  1. Un corazón contento y conforme se concentra en la bendición de lo que tiene y se deleita en eso. Lo disfruta y vive agradecido con Dios por su provisión divina.
  2. Un corazón descontento e inconforme es un corazón ingrato y rezonguero.  Es dado a la queja y a la murmuración.  Es tendiente al reclamo y a la insatisfacción constante. 
  3. Un corazón descontento olvida lo que Dios ha hecho a su favor y hace rabietas por querer satisfacer sus deseos personales. 
  4. Un corazón descontento no valora la provisión milagrosa del Señor.  Su ‘ansia excesiva’ por tener lo que él quiere lo vuelve ciego a la belleza, la abundancia, la diversidad y lo maravilloso de la provisión divina. 
  5. Una queja proveniente de un corazón deseoso por tener más, con una actitud de insaciabilidad constante, enciende la ira del Señor.  La murmuración que nace en un corazón ingrato e inconforme enfurece a nuestro Dios. 
  6. La presencia del Señor en nuestra vida nos asegura su protección y su guía. ¡Y cuanto lo necesitamos!
  7. El requisito para contar con el cuidado y la dirección de Dios es la obediencia.  Al obedecer sus mandamientos nos ganamos su aprobación y aseguramos su presencia en nuestra vida (Deut. 10.12-13) 
  8. Ponerse a favor de quienes están en contra de Dios, y peor aún, imitar su conducta, es el peor acto de deslealtad y deshonra que puede haber en contra del Señor.  Las características de los que están en contra de Dios son evidentes: reclaman abiertamente en contra de Dios, son de mala influencia con sus acciones y palabras, enfocan sus pensamientos en lo terrenal, viven inconformes y siempre quieren más, son insaciables en sus deseos personales (carnales), no demuestran respeto ante la presencia del Señor, no les importa Su Palabra y no demuestran agradecimiento por lo que El Señor ha hecho.  ¡Mucho cuidado con este tipo de conductas!  Aléjate.  No imites.  No defiendas. Y si te ves reflejado en esto, para y ponte a cuentas con Dios.

¡Retos y más retos!  ¿Quién dijo que la vida cristiana era fácil?  No lo es.  Pero sí que vale la pena esforzarse para agradar a aquel que dio todo por nosotros. 

Termino diciéndote que, ‘Si me sirve a mí, quizá también a ti’.

Hasta la próxima.

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