CONFESIONES – Parte 1

¿Alguna vez te has confesado con otro ser humano? Hablo de confesar los pecados, me refiero a contar las cosas malas que hayamos hecho.  Yo sí lo he hecho, y hoy quiero contarte como me fue.

De mi experiencia aprendí que, si bien es cierto, como cristianos somos llamados a confesarnos los unos a los otros (Santiago 5.16), también es verdad que debemos aprender a escoger con quienes compartimos las áreas más personales y débiles de la vida. 

Hace muchos empecé a desarrollar el habíto de la autoevaluación.  Por pura cuestión de personalidad y temperamento, la autocritica, el autoanálisis y la autoconfrontación, se me da bastante fácil. 

Sin afan de jactancia y menos de fanfarronería, me gustaría contarles cómo, poco a poco, he ido aprendiendo, y sigo en el proceso, de intentar conocer y aceptar mis errores, y a, con vergüenza y humillación, confrontar y confesar mis pecados. Me refiero a eso que no quiero que nadie sepa, eso que me avergüenza. Hablo exactamente de esa área con la que todos luchamos de una u otra manera. 

Debes estar pensando: ¿Pero, y eso que tiene de malo?  En realidad, esta no es la parte mala, sino la que viene.

Mi problema fue el siguiente… 

Recuerdo que, en muchas ocasiones, luego de ser confrontada por el Espíritu Santo sobre áreas de pecado y de carnalidad en mi vida; y, después del proceso de arrepentimiento; iba y compartía mi experiencia con otros, con personas de la iglesia que podrían categorizasce como cristianos promedio. 

Recuerdo las reacciones, las expresiones faciales, recuerdo los silencios incómodos y algunos comentarios cero empáticos.  Era evidente que mi testimonio y mi confesión no era de bendición.  Era obvio que en lugar de un beneficio, lo que estaba haciendo era provocar o brindar en bandeja de plata un banquete para la crítica y el chisme.  No me daba cuenta de que mi confesión podría más bien ser de tropiezo, pues, muchos no estaban listos para escuchar tanta sinceridad. 

Tardé mucho tiempo antes de entender que no podemos, y no debemos confesar nuestros pecados con quién sea.  Debemos aprender a escoger las personas con quienes vamos a confesarnos.

Confesar los pecados los unos a los otros es una práctica saludable, y una muestra de madurez cristiana.  Yo pensaba que mis testimonios servirían a otros como un espejo, como un ejemplo.  Creía que, al escucharme, otros ‘aprenderían’ a autoevaluarse y a pedir al Espíritu que les hiciera ver sus propios pecados.  Pero eso no funciona así.  Yo estaba equivocada.

La sociedad actual, y me refiero al cristiano promedio de hoy en día, se escandaliza cuando se encuentran con un hermano en la fe que tiene la capacidad de expresar abierta y genuinamente sus debilidades, sus pecados. 

Precisamente esa experiencia de confrontación, arrepentimiento y proceso de cambio era lo que yo deseaba contar a todos. Mi motivación era compartir mi testimonio pensando que ayudaría en el proceso de otro.  No me daba cuenta de que mi confesión no ayudaba a los oyentes como yo deseaba. 

De todo esto aprendí que:

  1. No podemos, y no debemos confesar nuestros pecados con quien sea.
  2. Para confesar nuestros pecados debemos escoger personas de confianza, maduras emocional y espiritualmente.
  3. Debemos aprender a ser prudentes y sensatos en lo que expresamos.
  4. Para aprender a ver nuestras debilidades necesitamos, absolutamente, dedicar mucho tiempo a la oración y a escudriñar la palabra.
  5. La honestidad, la verdad, la transparencia y la sinceridad; muchas veces crean un impacto muy fuerte en los cristianos promedio, y lejos de motivarlos a mejorar, más bien despierta una extraña reacción de jueces, maestros y consejeros, poco empáticos y cero conscientes de sus debilidades personales.
  6. Es un error esperar que, al compartir un testimonio personal, el otro cambie por ‘mi’ ejemplo. Ese trabajo le corresponde únicamente al Espíritu Santo.  

Que el Señor te bendiga y guarde.

Hasta la próxima.

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